“La
familiaridad sirve en las pláticas más que el talento. Indudablemente, nada
puede conseguirse sin esperanza y cordialidad. De ahí, la importancia de
proteger el parlamentarismo y a sus mandatarios”.
Nunca rendirse, nunca, en nada, ya sea grande o pequeño, enorme o
minúsculo; es preciso buscar y recorrer todos los caminos posibles ante las
dificultades, por muy descomunales que sean los altercados, lo que suele
demandarnos un esfuerzo anímico profundo, con la firme decisión de apartarnos
del mal, respondiendo con el bien, rompiendo de este modo la cadena de la
injusticia. La mejor arma radica en el cultivo del amor de amar amor, con la
verdad y la bondad como semilla. Desde luego, el principal escudo para volver
próximos al prójimo, con las caricias de las miradas y el arte de la
conversación, no es otro que escuchar y dejarse entender. Sólo así, podremos
facilitar la solución de los conflictos y favorecer el respeto de la vida, de
toda existencia humana.
En consecuencia, el recurso a los artefactos para dirimir las
controversias representa una derrota de la razón y de la humanidad. Jamás
negociemos con miedo, pero jamás temamos negociar. No dobleguemos la rodilla
ante el maligno. Activemos el entusiasmo del deber cumplido, que no es otro que
el reencuentro entre análogos, gracias a la fuerza de cohesión dialogante,
sustentada en una síntesis equilibrada de contemplación y acción, animada por
la generosidad que alcanza cimas altísimas cuando se inclina humanitariamente
ante los males profundos de los demás. La capacidad de volcarse ante la miseria
ajena es la medida de la fuerza que impulsa hacia lo alto. Bajo esta enseñanza,
siempre actual y viva, se sustenta la confianza hasta en uno mismo, el primer
secreto de la superación.
La familiaridad sirve en las pláticas más que el talento.
Indudablemente, nada puede conseguirse sin esperanza y cordialidad. De ahí, la
importancia de proteger el parlamentarismo y a sus mandatarios. Desempeñan un
papel esencial a la hora de plasmar los compromisos en materia de garantías
individuales y constitucionales en leyes, políticas y mecanismos de control que
protejan a los ciudadanos frente a la discriminación, los abusos y la
inmoralidad. Al garantizar que los derechos humanos continúan siendo el eje
central de la toma de decisiones, las cámaras fortalecen el espíritu
democrático, promueven la rendición de cuentas y fomentan la convicción de las
gentes en las instituciones.
Un país sin elecciones libres es un territorio sin voz, sin ojos y
sin brazos. La democracia es un ideal universalmente reconocido y uno de los
valores y principios fundamentales, que proporciona un entorno para la
protección y el disfrute efectivo de la naturaleza pensante. Esta humanidad de
las encrucijadas, con su multitud de cruces, lo que requiere es el fomento
persistente de la claridad con que se exponen los problemas y la existencia de
medios para zanjarlos. Darse por vencido no tiene ningún sentido, entonces. Se
trata de no apoltronarse en las formas cómodas y habituales de tragarlo todo, abriendo
las puertas de nuestro corazón, porque este orbe no está reservado a unos pocos
privilegiados, sino que lo formamos en comunión y lo conformamos armónicamente
en comunidad.
El derecho y el deber son como las olas, tampoco dan oleajes
diversos, sino se recrean con el aire y no crecen entre sí. Quizás, nosotros
también necesitemos, comenzar por mantener conjuntamente el respeto al derecho
ajeno, para poder ganar sosiego para el brío sensato. Además, puede que no
estemos de acuerdo con las ideas de otros, pero hay que llegar a estar acordes;
y, para ello, tenemos que defender con nuestra distintiva savia la contribución
de poder expresarlo. Lo cardinal no es mantenerse pasivo sino activo. La peor
de las actitudes es la indiferencia, decir que no puedo hacer nada y cruzarnos
de brazos, sometiéndonos a la evidencia de que este mundo está trastornado. El
aguantar merece estima, pero el agachar la cabeza es indigno; ¡la levantamos,
pues!
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Domingo, 28 de Junio del 2026
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