Opinión

Un cadáver en la sala (y XV)

Juan José Sánchez Ondal | Domingo, 28 de Junio del 2026
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CAPÍTULO XV 

Donde se cuenta el final del caso y la aparición del "Tetrabrik"

Eran más de las once de la noche y continuaban aún en la comisaría, cuando sonó el teléfono de Cervera.

—La que nos faltaba, ¡Ramiro! Chorreo del jefazo. Escucha.

Y puso el altavoz para que este lo oyera también.

—Subinspector Cervera. ¡Enhorabuena! Mi felicitación por su colaboración en la captura de uno de los capos de la droga internacional más buscados. Ha caído en el garlito con toda su corte. Sólo nos falta detener a su delegado en Marbella.

—Ahora viene la bronca, jefe.

Cervera estaba extrañado de que no hubiera comenzado por reprocharle el lunar que suponía, en tan relumbrante éxito, el no tener también al asesino del cine, sicario a las órdenes del capturado.

—Y enhorabuena, asimismo, por la inteligente investigación que ha llevado a cabo en el caso de «Un cadáver en la sala», como le llaman los medios, ya que acaban de comunicarme que han detenido en el aeropuerto de Barajas, a instancias suyas, al joven asesino cuando pretendía volar a Bogotá.

—¡Joder! ¡Le dan la noticia al jefazo y a mí ni me llaman! ¡Pelotas de mierda! —exclamó Cervera, tapando el micro.

—Haga extensivas mis congratulaciones a su ayudante, al que me han dicho que afectuosamente llaman «Plinillo», en honor del gran policía municipal de Tomelloso que ideara tan magistralmente García Pavón, al que tuve el honor de conocer.

¡Cuádruple enhorabuena, pues, dos para cada uno por sus excelentes trabajos!

—¿Has oído todo, «Plinillo»? El jefazo estaba exultante y ya se ha aprendido tu alias.

—Pues no sé si para bien. Ya sabe eso que dicen: «del jefe y del mulo contra más lejos más seguro».

—Hombre, pues gracias por la parte que me toca.

—No es por usted, jefe, que a su lao voy yo al fin del mundo.

—Vámonos, que, por hoy, con las dos enhorabuenas estamos pagados y nos hemos ganado el sueldo y el descanso. Al final, fue tu primer pálpito el que resultó.

—¡Vaya, sí!

Salieron dando un paseo en la agradable noche madrileña y decidieron acercarse hasta el cine de sus desvelos. Al llegar ya estaba cerrado y el cierre echado. En el suelo, sentado sobre una manta y unos cartones, descubrieron al «méndigo», que se estaba acabando su enésimo tetrabrik.

—¡Coño, hoy aparecen todos! ¡El Eutimio! —casi gritó Ramiro.

Se acercaron a él, se identificaron, le identificaron y le preguntaron dónde había estado durante los días pasados.

—Como ya he oído en la radio que ha pasado todo, les puedo decir la verdad.

—Yo soy de Valderrocas. Entre mis acreedores importantes estaba el Primitivo Álvarez, que Dios tenga en su gloria. Cuando lo vi entrar en el cine temí que me reconociera y me dije: «¡Esfúmate, Eutimio!». Recogí mis cosas y me largué con mi camarada el Cojo, que tiene su puesto unos portales más arriba, pero cuando esa noche vi llegar a la policía y a la ambulancia del SAMUR al cine y, al día siguiente, me enteré de que lo habían matado, temí que sospecharan de mí y me largué a Vallecas con el Mantas, donde he estado hasta esta noche, en que he oído por la radio decir que habían cazado al que se había cargado al del crimen del cine El Descanso. Me dije: «¡Eutimio, ya podemos regresar al puesto que tengo allí!». Acabo de llegar y estaba tomándome el somnífero.

—Pues que usted la duerma bien —le deseó «Plinillo».

—Ahora sí que hemos dao remate al caso de «Un cadáver en la sala». ¡De este cine!, jefe.

—¡Vaya, sí! Como decís en tu pueblo, gran «Plinillo».

                                                                                FIN

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