Siempre lo digo: HBO es el canal, o más bien la plataforma, donde están las mejores series y, aun teniendo algún que otro tropiezo, como pueden ser las últimas temporadas de Juego de Tronos y la temporada final de Euphoria, además de series con un tremendo potencial pero, desgraciadamente, canceladas, como Carnivàle, Roma o Westworld, lo cierto es que la mayoría de las series de la cadena estadounidense han pasado a los anales de la historia, como, por ejemplo, Los Soprano, The Wire, las series de DC y, actualmente, The Pitt.
Pero, de todas las que he mencionado y sobre las que he dado mi opinión, hay una que se me olvidó ver y que, al igual que me ocurrió con Mad Men, que también tardé lo suyo en ver, por fin puedo hablar sobre ella, más aún ahora que se cumplen 25 años desde su emisión: A dos metros bajo tierra.
Creada por Alan Ball y con un elenco formado por Peter Krause, Michael C. Hall, Lauren Ambrose, Frances Conroy, Matthew St. Patrick, Rachel Griffiths, Freddy Rodríguez, Justina Machado, Jeremy Sisto, Tina Holmes, Lily Taylor, Justin Theroux, Joanna Cassidy, Ben Foster, Rainn Wilson, Peter Macdissi y James Cromwell, además de la participación especial de Richard Jenkins, Patricia Clarkson y Kathy Bates, la serie nos presenta a la familia Fisher, propietaria de una funeraria de gran prestigio. Todo marcha con normalidad hasta que el cabeza de familia, Nathaniel Fisher, muere en un accidente. Con la llegada de Nate, el hijo mayor, la funeraria pasa a sus manos y dependerá de él y del resto de sus hermanos mantener el negocio familiar.
Hay algo en esta serie que me atrae, además de la familia Fisher, y es la forma en que trata el tema de la muerte. Cada capítulo comienza con el fallecimiento de una persona y siempre aparece un fondo blanco con su nombre, así como las fechas de nacimiento y muerte. Las muertes iniciales de cada episodio son muy distintas: unas veces se producen por causas naturales y otras por esos caprichos del destino, como accidentes de cualquier tipo. Tras ello, le toca a la familia Fisher encargarse del funeral y es entonces cuando conocemos los dramas y conflictos internos de cada uno de sus miembros.
Los Fisher están formados por Ruth, la madre de los hermanos, quien, tras la muerte de su esposo, intenta rehacer su vida como puede. Hay muchas madres en la televisión; la mayoría son pésimas, como Livia Soprano o Betty Draper, pero Ruth Fisher tiene algo especial. Se preocupa por sus hijos, a veces le dan ataques de rabia, ofrece buenos consejos aunque nadie se los pida, pero siempre está ahí para ellos. De hecho, a lo largo de la serie tiene algún que otro lío amoroso hasta casarse de nuevo con George, su nuevo interés sentimental.
Hablando de los tres hermanos, cada uno tiene sus propios conflictos e historias personales. Por ejemplo, David es un homosexual que todavía no ha salido del armario porque tiene miedo de ser rechazado tanto por la sociedad como por su propia familia y, pese a mantener una relación con Keith, ese miedo acaba pudiendo con él.
Con Nate ocurre algo distinto. Él es el primogénito de la familia y, cuando vuelve, nadie quiere verlo ni hablar con él. También mantiene una relación con Brenda, cuya historia dista mucho del típico cuento de hadas.
Por último, está Claire, la menor de la familia. Es una adolescente rebelde que estudia en el instituto y que, según ella, siente que su vida no tiene propósito, por lo que alivia sus penas fumando en pipa y chutándose cualquier droga con tal de no soportar a sus seres queridos.
Todos y cada uno de los miembros mencionados forman una familia disfuncional, con los típicos problemas familiares que la serie no duda en mostrar en toda su crudeza. Sin embargo, lo que los hace especiales es su vínculo con la muerte, y no solo porque se dediquen a trabajar en una funeraria.
En muchos capítulos hay momentos oníricos. Si Twin Peaks tenía esos instantes en los que la serie se volvía "rara" y Los Soprano contaba con los sueños de Tony, entonces A dos metros bajo tierra posee sus propios momentos oníricos sobre cómo puede ser el más allá y, sobre todo, escenas musicales surgidas de la imaginación de los protagonistas.
En numerosos episodios, Nathaniel Fisher, el patriarca de la familia, hace apariciones especiales, por así decirlo, como un fantasma. Pese a estar muerto, no duda en aconsejar a sus hijos y gracias a ello asistimos, quizá, a una de las mejores conversaciones de toda la serie.
Tiene lugar al final de la cuarta temporada, cuando David, después de haber sido secuestrado por un perturbado que estuvo a punto de matarlo de una forma horrible, decide enfrentarse por fin a su trauma y a los ataques de ansiedad que sufre. Tras ello, mantiene una conversación con su padre, quien le hace ver que todo podría haber sido mucho peor. Podría haber muerto, pero sigue vivo, y le recuerda una idea que resume muy bien el espíritu de la serie: ¿qué es un poco de sufrimiento comparado con morir?
La serie podría describirse como una comedia negra. Su humor no es el típico basado en chistes escatológicos. Se apoya en situaciones cotidianas y, a decir verdad, comparada con muchas otras series que he visto, maneja el humor negro mucho mejor que cualquier capítulo de Padre de familia o Rick y Morty.
También he de decir que esta serie estaba muy adelantada a su tiempo. Habla del matrimonio homosexual, de las enfermedades mentales, de lo que significa ser adolescente y sentir que tu familia no te comprende, de las relaciones tóxicas, de aprender a vivir de nuevo y, por último, de lo que quizá mejor trata A dos metros bajo tierra: la muerte. Y para hablar de ello tengo que detenerme en su final.
He visto muchísimas series y la mayoría concluyen de forma increíble. El final de Los Soprano, pese a ser divisivo, me pareció extraordinario; el de The Wire es, probablemente, lo más realista que una serie ha hecho nunca; los de Breaking Bad y Better Call Saul me hicieron aplaudir hasta que la pantalla se puso en negro; el de Mad Men me resultó profundamente emotivo; el de The Leftovers me hizo llorar con el reencuentro entre Kevin y Nora; el capítulo final de The Office me sacó una sonrisa de oreja a oreja; el de Succession me dejó en silencio y, al mismo tiempo, triste por el destino de sus personajes; y, más recientemente, el último episodio de la segunda temporada de The Pitt acabó conmigo, y eso que el año que viene se estrenará la tercera temporada.
Bien, pues el desenlace de A dos metros bajo tierra me dejó llorando a mares.
Todo comienza desde el final del octavo capítulo hasta llegar al duodécimo episodio.
Nate es ingresado y operado de urgencia debido a un segundo colapso cerebral. Lo que parece que va a acabar bien termina de la peor manera posible.
Nate pasa sus últimos momentos junto a su familia y, antes de morir, experimenta una especie de sueño o, más bien, un momento onírico. Tras ello, la muerte acaba llegando.
Después de su fallecimiento, la familia le organiza un funeral y decide enterrarlo junto a un árbol, en un claro paralelismo con el momento en que el propio Nate enterró a Lisa al final de la tercera temporada.
Pasado un tiempo, una vez superado el luto, todos vuelven a reunirse y comienzan a recordar anécdotas vividas con él.
Finalmente, vemos a Claire dispuesta a aceptar un trabajo en Nueva York. Se despide de su madre y de David y, mientras se aleja en coche, comienza a sonar Breathe Me, de Sia. Es entonces cuando asistimos a una de las secuencias más inolvidables de la historia de la televisión: vemos cómo cada uno de los personajes acaba falleciendo, uno tras otro, hasta llegar al último de ellos.
¿Cuántas series habéis visto que terminen de esta manera?
Normalmente imaginamos qué podría sucederles a los personajes una vez termina la serie, pero A dos metros bajo tierra decide mostrarlo de forma explícita. Su mensaje es claro: todos morimos o moriremos algún día.
Es algo completamente natural. Nos aterra el hecho de que nuestra existencia tenga un final, pero, cuando llega ese momento, llega para todos.
Recordando el final de BoJack Horseman, hay una frase que resume muy bien esta idea. En un momento determinado se dice que «la vida es una mierda y luego te mueres». Es cierto... pero la propia serie también responde a esa afirmación con otra reflexión mucho más esperanzadora: a veces sí, pero mientras tanto puedes seguir viviendo.
Y precisamente de eso trata A dos metros bajo tierra.
No habla realmente de la muerte, sino de la vida. De todos esos momentos que experimentamos como personas: los buenos, los trágicos, los tristes, los enfados, el perdón y tantos otros, porque, al final, lo único que podemos hacer es vivir mientras estamos aquí.
Marco Aurelio, en dos de sus citas más conocidas, afirma: «Rescata una de tus acciones como si fuera la última de tu vida.»
Y también: «No actúes como si fueras a vivir diez mil años. La muerte te pisa los talones. Mientras vivas, y mientras sea posible, sé bueno.»
Por su parte, Séneca escribió: «No tenemos poco tiempo; es que perdemos mucho. La vida es suficientemente larga y se nos ha concedido con la generosidad necesaria para culminar las empresas más importantes, si sabemos aprovecharla debidamente.»
Por toda esta explicación me resulta muy difícil no recomendaros esta serie.
Su historia es profundamente emotiva; su final es, probablemente, el mejor final de la historia de la televisión; su humor está magníficamente utilizado y los temas que aborda estaban muy adelantados a su tiempo.
Con esta reseña ya completo la que, para mí, es la gran trilogía de HBO. Anteriormente analicé The Wire y Los Soprano, y ahora le llega el turno a A dos metros bajo tierra, una serie que completa un trío que, en mi opinión, representa lo mejor que ha producido la cadena estadounidense.
Si tuviera que definir A dos metros bajo tierra con una sola frase, diría que no es una serie sobre la muerte, sino sobre la vida. Sobre cómo cada persona afronta el dolor, la pérdida, el amor, el miedo, la familia y el paso del tiempo.
Porque, al final, todos compartimos el mismo destino. La diferencia está en cómo decidimos vivir el tiempo que transcurre hasta llegar a él.
Y pocas series han sabido recordármelo con tanta sensibilidad, inteligencia y humanidad como A dos metros bajo tierra.
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