Contemplar la figura de Ignacio Castellanos desde la
distancia, ya transcurridos treinta años de su muerte y cumpliéndose su
aniversario este mismo año 2026, da suficiente perspectiva para poder afirmar
de él que ha pasado a los anales de los poetas manchegos con el honor y el
derecho bien ganados. Quisiera rendirle un homenaje porque, desde luego que fue
, “un poeta por derechura”, como él mismo se atrevió a afirmar en uno de los
títulos de sus poemas.
Es un poeta que aparece citado en el libro de Poesía Rural
de Tomelloso de Dionisio Cañas y cuya biografía se puede encontrar en el
libro de Gentes de Tomelloso de Jesús Yáñez Cepeda. Fue galardonado con varios
premios en la Fiesta de las Letras, y
participó en revistas como la Manxa. Mantuvo vínculos con Juan Torres Grueso y
Juan Alcaide, entre otros.
Fue un poeta con mayúsculas en la plena extensión de la
palabra y eso es innegable. A pesar de tantos obstáculos como encontró en su
vida, ya que parte de su juventud la vivió durante la época de la Guerra Civil
Española y más tarde el período de la postguerra. Se abrazó a su destino con
fuerza, queriendo estar en su tierra, negándose a salir de ella, como dijo en
uno de sus poemas. Aquí el poeta da prueba de su hechura y enarbola su verso
con dignidad y testimonio.
La figura de Ignacio Castellanos es la que mejor encarna el
“quejío de antaño”, denuncia las injusticias sociales, se mantiene siempre al
lado de los que sufren, los marginados y
más pobres de la sociedad. Su poesía tiene algún destello de Lorca y del rayo
que no cesa de Miguel Hernández.
Fue un poeta que perteneció a la llamada generación de
“Poesía de Quinterías” al igual que muchos de sus coetáneos que pertenecieron y
fueron fundadores de la tertulia y asociación Cultural de la Media Fanega, como
lo eran Jesús Madrigal Olmedo, Antonio Armero Benito, Pedro López Ortega y
Lucio López Ramírez.
Ignacio era un auténtico artesano que trabajaba con maestría
la métrica, se atrevía con los sonetos, sonetillos, décimas, seguiriyas,
tarantos, etc. Todo un amplio abanico de versos y estrofas que lloraban al son
de sus rimas con un manojo de ramos entre sus manos.
Pertenece a la misma generación que Félix Grande, Eladio
Cabañero, Juan Alcaide y mantiene con ellos su amor hacia la tierra y muchos
puntos en común, aunque existiendo diferencias entre ellos siendo unos más
academicistas que otros pero manteniendo la misma esencia y raíz.
Hoy en día si cogemos la poesía de Ignacio y la leemos,
seguramente que a través de su voz evocadora nos transporte a las páginas de
cualquier libro de Lorca porque sus metáforas y uso del léxico son parecidos: “los juncos, las cigarras, las
camelias de roca, los lirios, los aquilones del viento, la barca lozana, el
romancero gitano, etc”.
Su poesía contiene aromas de antaño, es evocadora y nos
sumerge, de repente, en uno de esos paisajes idílicos pintados por uno de los
mejores pintores.
Se singularizó en las temáticas tratadas en su poesía, ya que
esta aborda un repertorio muy amplio. En
cuanto a su obra poética se refiere, hace cantos a la figura de la mujer, en
sus múltiples facetas, al ansiado amor, a las ventas, al flamenco y al cante
jondo. Sin desmerecer las construcciones poéticas de los sonetos, sonetillos
burlescos, décimas ya tan en desuso en nuestros días donde los versos libres
campan a sus anchas.
Este poeta se distinguió y salió de los cánones por experimentar en otros segmentos poéticos y temáticas mucho más universales que el mero paisaje manchego, al cual también fue fiel. Entre los pocos viajes que realizó, uno de ellos fue a Málaga, no dejó de habitar ese lugar, transformando y absorbiendo sus sentimientos para plasmarlos en versos nacientes.
La vida fue complicada para él, tuvo que trabajar en el campo, apenas asistió a la escuela, se enseñó a leer y escribir mientras trabajaba, al amparo de la luz del candil, con sus libros en ristre, cual un Quijote que empuña su yelmo y bacía, se atrevió a soñar en busca de sus ideales.
Resulta admirable que no comenzara a escribir hasta cumplir
los cuarenta años, para muchos hubiera sido demasiado tarde. Sin embargo su
obra fue muy fecunda. No dejó de escribir hasta sus últimos días porque los
versos como ríos desbordados ya corrían por sus venas. La poesía ya se había
adueñado en su forma de mirar el mundo.
Con respecto a su persona, cabría destacar que era un
auténtico “caballero poeta” por su peculiar vestimenta, su voz desgarrada, su
boina inclinada, su traje y sus zapatos de tacón como quien asiste a una
ceremonia y su irrefrenable necesidad de bailar asistiendo a los Tarantos.
Indudablemente, la poesía estaba adherida a su persona.
Ignacio, parecía sacado de aquellos cafés literarios del
siglo pasado, donde se fraguaban los movimientos literarios y se sentían y
experimentaban todos los ideales de la gente tan extraordinaria y fiel a sus
ideas. Algo posiblemente que dista mucho de nuestra realidad actual donde la
gente es tan sumamente egoísta y deshonesta a sus principios.
Fue uno de esos hombres que dejaron huella porque su poesía
no ha dejado de latir.
Tu poesía, Ignacio, seguirá escribiéndose en las
paredes del paraíso. Las gaviotas la llevarán más allá de la bahía para saludar
al marinero. Y aquellos que te conocieron y te quisieron seguirán escuchando tu voz en cada verso, en cada
silencio, en cada amanecer de esta tierra que tanto amaste.
Los aquilones del viento (
Poema de Ignacio Castellanos)
Los
aquilones del viento
Encallaron
mi navío
A muchos
nudos del puerto…
Tengo el
corazón umbrío…
Me está
esperando un lucero
En la
ribera del río
¡Adelante,
mi velero!
¡Desafío
al desafío!
Mi amiga
que tanto quiero
Estará
pasando frío
En la
playa de los sueños
Esperando
el beso mío…..
(Bar
marinero de Málaga)
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Sábado, 4 de Julio del 2026