Opinión

España en cuartos: Bélgica, autoestima y memoria

Javier Rubio | Jueves, 9 de Julio del 2026
{{Imagen.Descripcion}}

La selección vuelve a encontrarse con Bélgica en unos cuartos de final. Pero el verdadero rival no es solo un equipo. Es la memoria de un país que pasó décadas dudando de sí mismo y que hoy se pregunta cuánto de aquel complejo quedó definitivamente atrás.

Volvemos a cruzarnos con Bélgica en unos cuartos de final. Ya ocurrió una vez y entonces nos eliminó. Ahora, en 2026, la historia vuelve a colocar a España ante el mismo rival y, de algún modo, ante el mismo espejo.

En esa búsqueda de sentido he acabado retrocediendo mucho más atrás, hasta el Mundial de 1986. Allí aparecen muchas de las claves de la España deportiva de entonces: una selección con talento, pero todavía prisionera de un complejo histórico. Estábamos acostumbrados a caer en cuartos, a pensar que la mala suerte siempre jugaba en nuestra contra y a asumir que los grandes títulos pertenecían a otros. Parecía que competir ya era un éxito y que ganar era casi una excepción imposible.

Pero aquella forma de afrontar el deporte no era únicamente deportiva. Reflejaba también cómo se veía España a sí misma.

Durante mucho tiempo, los españoles vivimos con una sensación de inferioridad frente a los países del norte de Europa. Ellos parecían más altos, más ricos, mejor organizados y mejor preparados. Nosotros asumíamos que partíamos siempre con desventaja. Ese complejo impregnaba muchas facetas de la vida, no solo el fútbol.

Algunas cosas han cambiado. Otras, no tanto. Seguimos arrastrando déficits importantes. El dominio del inglés continúa siendo una asignatura pendiente para buena parte de la población; la productividad, la investigación o la atención a las personas siguen situándonos por detrás de los países europeos que solemos tomar como referencia. No conviene confundir los éxitos deportivos con la realidad estructural del país.

El auténtico punto de inflexión llegó en 2010. Aquel Mundial no fue únicamente un título; supuso una transformación cultural. España dejó de competir esperando el error del rival para hacerlo convencida de que podía imponerse a cualquiera. No cambió solo una generación de futbolistas; cambió la manera en que un país entero empezó a mirarse.

La selección que hoy salta al campo representa también ese relevo generacional. Sus jugadores han crecido en una España distinta. No conocieron el miedo a los cuartos de final ni la sensación de que competir con los mejores era una excepción. Han recibido una formación más exigente, se han desarrollado en un fútbol completamente globalizado y juegan con la naturalidad de quien entiende que pertenecer a la élite es una posibilidad real.

De alguna manera, simbolizan también la España que aspira a construir el futuro: una España cuyos jóvenes sean más abiertos al mundo, mejor preparados, más competitivos y más seguros de sí mismos que las generaciones anteriores. No porque sean superiores, sino porque han recibido un punto de partida mejor. Porque el mayor legado de una generación no son sus títulos, sino ampliar el horizonte de posibilidades de la siguiente.

Y ahora vuelve Bélgica.

La pregunta ya no es únicamente quién ganará el partido. La verdadera cuestión es si aquella transformación fue algo pasajero o si realmente cambió nuestra mentalidad. ¿Seguimos siendo aquel país resignado a quedarse siempre en cuartos o somos un país que compite con autoridad, independientemente del resultado?

No conviene caer en el triunfalismo. Si España gana, no significará que haya resuelto sus problemas. Si pierde, tampoco demostrará que seguimos siendo el país acomplejado de los años ochenta. Un partido nunca puede sostener una conclusión tan ambiciosa.

Sin embargo, los símbolos importan. Durante noventa minutos también se ponen a prueba las convicciones de una sociedad.

Ya ocurrió antes con el baloncesto. Antes de Pau Gasol, la NBA parecía un territorio reservado para otros. Fernando Martín abrió una puerta; después llegó una generación que demostró que aquel techo era, en realidad, mental. El éxito de unos pocos terminó ampliando las posibilidades de muchos.

Paradójicamente, España también tiene una extraordinaria facilidad para olvidar a quienes protagonizan esos cambios. Entregamos la bandera a nuestros deportistas cuando marchan a unos Juegos Olímpicos; celebramos sus medallas durante unos días y, poco después, desaparecen del foco público. Los devolvemos al anonimato hasta la siguiente gran cita, si es que vuelven a aparecer.

Quizá ese sea uno de nuestros rasgos más característicos: una memoria selectiva. Recordamos el éxito, pero olvidamos el camino que nos llevó hasta él. Celebramos el resultado y descuidamos el esfuerzo, la constancia y las personas que hicieron posible el cambio.

Al final, un país no se define únicamente por sus victorias ni por sus derrotas. Se define por la memoria que conserva de ellas. Las sociedades que recuerdan son capaces de construir confianza sobre la experiencia; las que olvidan están condenadas a empezar una y otra vez, como si cada generación tuviera que demostrar desde cero que merece estar entre las mejores.

Quizá el mayor reto de España no sea ganar otro Mundial, otra Eurocopa o sumar más medallas olímpicas. Quizá el verdadero desafío sea aprender a conservar la memoria de aquello que ya conquistó y comprender que la autoestima colectiva no nace de un título, sino de la convicción de que fue posible alcanzarlo. Porque los trofeos llenan las vitrinas, pero solo la memoria transforma a un país.

169 usuarios han visto esta noticia
Comentarios

Debe Iniciar Sesión para comentar

{{userSocial.nombreUsuario}}
{{comentario.usuario.nombreUsuario}} - {{comentario.fechaAmigable}}

{{comentario.contenido}}

Eliminar Comentario

{{comentariohijo.usuario.nombreUsuario}} - {{comentariohijo.fechaAmigable}}

"{{comentariohijo.contenido}}"

Eliminar Comentario

Haga click para iniciar sesion con

facebook
Instagram
Google+
Twitter

Haga click para iniciar sesion con

facebook
Instagram
Google+
Twitter
  • {{obligatorio}}