Opinión

Tenebrismo opuesto a Ciri

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 11 de Julio del 2026
{{Imagen.Descripcion}} Foto de Azucena Prieto Foto de Azucena Prieto

No falla el mes de julio con su mochila de días calurosos imprescindibles en el curso natural del año, hoy es uno más de ellos. Tampoco fallamos nosotros a nuestra junta. Este tiempo hace que nos sintamos más optimistas que en las tardes del crudo invierno.

Trae Ciri unas gafas de sol con cristales oscuros, obviamente. Es algo que los oculistas recomiendan como protección para contrarrestar la excedencia de luz solar, dañina para los ojos.

Me ha resultado extraño que no se las quite en el momento de la recepción de las magdalenas y el café. Me lleva mi curiosidad a preguntar el porqué de su extraño gesto.

—Quiero observar las cosas como lo hacen los poetas.

Ya estamos…, la pregunta me salta de inmediato en la cabeza y no encuentro respuesta a bote pronto, por lo cual se la lanzo sin más contemplaciones:

—¿Pues cómo observan el mundo  los poetas?

—Deben ponerse algún accesorio mental al levantarse.

Crece mi extrañeza con la respuesta. Máxime cuando contemplo que mi amigo continúa con su labor de degustación sin mostrar afección ninguna. Da por aprobada su afirmación y prosigue con su labor saboreante.

Unos minutos de silencio, se me hacen eternos, miro por el borde bajo de mis cejas ocultando la mirada entre  los pelos, que por la edad necesitan recorte de peluquero.

Como os digo, amigo amiga lectores, Ciri se mantiene impertérrito, con una excepción, le ha costado tres intentos introducir la cuchara en la taza, con esas lentes y con el escaso alumbramiento que hay en la sala, es normal, no atinaba en la diana. Espero que no se equivoque de taza y coja la mía. ¡Hasta ahí podríamos llegar!

No aguanto más y con un tono de voz rozando la escala de  barítono atacando la partitura le digo.

—O me aclaras tu postura o me voy con Julián que está en la mesa del rincón escuchando con atención —aprovecho y levanto la mano saludándolo, nuestro seguidor responde con una sonrisa.

—¿Es que tú también eres poeta? Te ha salido un pareado en la última frase, tristemente lo llamaría ripio. Aunque seamos amigos no puedo calificar tu intromisión lírica de suma cum laude.

Conozco bien al amigo y percibe que no me agrada su actitud. Termina con el trozo último de magdalena y toma la palabra:

—Ay qué poco aguante tienen algunos… Te explico, querido amigo. Asisto a muchos recitales, encuentros de poetas, lecturas de poemas. También sigo con mucho interés las publicaciones de trabajos poéticos en medios de comunicación como La voz de Tomelloso y otros periódicos digitales.

—A mí también me encanta, además de estar al día de las noticias, leer los escritos de muchas personas que, sin ser famosas, lo hacen muy bien.

—Entonces estarás de acuerdo con mi afirmación, muchos poetas, no digo todos, describen sentimientos y realidades desde una tristeza especial, una congoja, un sin vivir… Terminas el texto y te invade una sensación de que estamos asistiendo a una maldición del Averno.

—Sin exagerar, amigo, estoy de acuerdo con tu tesis, aunque subrayo que no todos.

—Es evidente que si el tema a tratar es triste, serán similares los términos que se usen, pero no siempre estamos de duelo, muerte, sufrimiento, angustia, desesperación.

—También hay quienes escriben poesía romántica, de amores de felicidad, de encuentro de personas enamoradas.

—Por supuesto que sí. ¡Menos mal! Es la que más me gusta con diferencia. De lo contrario me borraría de leer poesía. Para fortalecer  mi opinión te dejo un ejemplo con un poema, que he nominado: “Armagedón”. Te recuerdo lo que tú ya sabes, esta palabra y concepto aparecen en el Libro del Apocalipsis, que deriva de una palabra hebrea que significa Monte de Meguido.

ΡΜΑΓΕΔΏΝ O MONTE DE MEGUIDO

El campo sufre endurecida su epidermis,

las plantas gritan su sed día y noche

ante la luna brillante como filo de naja

a punto de degollar sus gargantas resecas.

Bóreas azota una y mil veces

con su látigo invisible

trenzado de vientos,

azuzando sus caballos Siroco y Simún,

levantando con sus pétreos cascos

la calima que ahoga aún más

a la desfallecida y vieja

Madre Tierra.

Cientos de jinetes apocalípticos

persiguen con saña

al resto de mortales

vivos a su pesar.

Mujeres escuálidas

estrujan sus pechos

en los labios de criaturas

agonizantes y hambrientas.

Una nube  contempla

la  devastación exterminadora,

llora lágrimas de amargura

que como víctima propiciatoria

redime al desangrarse

sobre aquel funesto orbe.

 

Se oyen aplausos.

De pie varios de los vecinos  cafeteros vitorean asombrados al nuevo Ciri poeta.

No salgo de mi asombro. Confieso sin rubor que esta faceta de mi amigo la desconocía, sobre todo el énfasis y entonación con que ha remarcado su escrito.

Noto una mano en mi hombro, es de mi amigo Julián Sánchez Moya, toma del brazo a Ciri y con su sonrisa siempre agradable nos dice por bajinis:

—Para cambiar de partitura os invito a unos helados de los que os gustan, pero no arméis barullo no vaya a ser que se nos encariñen el resto de los presentes.

Obedecemos en total silencio. Aprovecho la salida para darle un pellizco al colega en el costado y decirle:

—Con que poetas escritores de poemas tristes… y tú ¿Dónde te sitúas derroche de jolgorio? 

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