A Ernesto le cogió la vida con el
pie cambiado y fue feliz cuando menos lo esperaba. Afortunadamente, ocurrió
durante los últimos años, evitando de esta forma el dolor de una nostalgia
inservible y agria. Mejoró Ernesto cuando el resto se lamentaba y disfrutó de
los atardeceres desde una terraza con vistas al mar, pensando que la brisa que
acariciaba su piel se detenía en su viejo cuerpo con el fin de acompañarlo un
día más sin que nadie más importara.
A Ernesto se le olvidó el amargo
sabor de la juventud perdida en la guerra y del trabajo en las fábricas para
veteranos con problemas de salud mental. Ya no recordaba las cuatro paredes del
cuarto en el que durmió ni la mesa en la que daba cuenta del menú diario, antes
del turno de tarde. Desde la única ventana por la que entraba, a partes
iguales, la humedad y la luz gris de un cielo siempre nublado, presenció un
mundo al que no pertenecía, repleto de vidas anónimas a las que había
contribuido a liberar.
A Ernesto le salió una novia
cuando le dieron la cartilla de jubilación, que venía acompañada de su alta
clínica. Las voces interiores quedaron atrapadas en la cadena de montaje,
repitiéndose a cada remache, antes del empaquetado final. Lúcido y despierto,
vivió en primera línea de playa, rescatado por una mujer que no había dejado de
fijarse en él desde aquella tarde en la que un simulacro en la fábrica sacara a
la orilla a quien la salvara de morir, violada y torturada, a manos de aquellos
bárbaros enemigos que Ernesto liquidó de dos certeros disparos a la cabeza.
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Martes, 28 de Julio del 2026
Miércoles, 29 de Julio del 2026
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