“El querer lo es todo en la vida. Es la voluntad la que
transporta las montañas, la que nos trasciende hacia el buen propósito, que no
es otro que servir, mostrar compasión y tener constancia de ayudar a otros”.
La supervivencia nos ha sido
ofrecida, para custodiarla y hermanarnos, no para abandonarla y desunirnos. En
consecuencia, todo tiene su periodo de crisis y su tiempo de tranquilidad. Lo
importante es bucear mar adentro, reconocernos en el oleaje, despertar y
advertir que el amor debe ser nuestro pulso diario, que es lo que nos libera,
porque la libertad ha de estar en la toma de decisiones que tomemos. Desde
luego, cohabitar entre lenguajes desinteresados y corruptos, entre sistemas que
generan pobreza y exclusión, entre ambientes salvajes con efectos lucrativos a
costa del drama de otros, produce o debe reproducir miedo, dificultándonos el
deseo de vivir, al tiempo que nos facilita cualquier tipo de pesadumbres.
Desventurado el ser humano
que no tiene quien le acompañe ni la asista, quien le corrija cuando tenga
necesidad de ello. Por desgracia, olvidamos que la fuente existencial radica en
el corazón. No somos piedras, tampoco seamos pedruscos; salgamos de la
indiferencia y pongámonos a batallar, escuchándonos entre sí. Es evidente que
la primera condición para salir de los aprietos mundanos, está en fomentar la
concordia entre semejantes y en la voluntad de lograrla. Son inútiles las
contiendas, lo importante es tomar un respiro para superar las divisiones y las
divergencias que, únicamente, la clemencia puede anular. Todas las personas
somos, pues, necesarias para poder injertar ese viviente poema armónico; que es
lo que conlleva un estilo de comunión y comunidad.
Apartemos los obstáculos que
nos enferman y considerémonos parentela de latidos confluentes. Desde luego,
aquel que es capaz de dominarse para secar las lágrimas y de sonreír en sus
dificultades, es el que ha llegado a poseer la estética cognición, tomando pulso
y haciendo pausa. Quizás tengamos que reeducarnos globalmente para poder
convivir, puede que sea nuestra gran asignatura pendiente, la de templar el impulso
para afrontar las dificultades. Pensemos, que no puede haber grandes tropiezos,
cuando abunda la buena disposición del amarse y del amar, desinteresado y
auténtico. El querer lo es todo en la vida. Es la voluntad la que nos
trasciende hacia el buen propósito, que no es otro que servir, mostrar
compasión y tener constancia de ayudar a otros.
Todo tiene su estado de
ánimo, la cuestión está en cultivar lo que nos embellece, que no es otro brío
que el perfume del sentimiento. Después de la noche, siempre llega el día;
también tras las tinieblas, reaparece el resplandor de la luz. Más pronto o más
tarde, todos pasamos por pruebas que nos generan tristeza, porque nuestros
andares por aquí abajo nos hacen concebir sueños que en seguida se hacen ceniza.
Lo fundamental, no es tanto la angustia, como permanecer adormecidos en una
congoja sin fin, con ciertas amarguras resentidas, que nos impiden volar con la
mística del verso que somos. Podremos haber sido dañados, mostrar enojo o pasar
por un agravio, pero la curación no se resiste, sólo hay que dejarse renovar
las propias pulsaciones, con la acústica melódica del universo.
Los humanos tenemos que
volver al poeta que llevamos consigo, a ese santuario interior de nuestro
espíritu con pensamientos níveos, soñadores y placenteros. El vínculo del soplo
donante, es lo que nos da vigor. Jamás el poder ni la dominación. El mundo no
vuelve a ser el mismo, cuando le agregamos el latir de un buen caminante, una
voz salida de las entretelas, que comienza reanimando y termina
familiarizándose. Precisamente, son las percusiones el vínculo que nos une. Por
eso, la lírica no quiere adeptos, quiere amantes de buen fondo, que lo entregan
todo, hasta su oportuna comodidad. Sin duda, hoy más nunca, requerimos de
poetas que pongan alma en los quehaceres y en las cosas, con el consabido
trabajo que esto ocasiona. Ahora bien, quien no trabaja no es decente. Así de natural.
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Domingo, 2 de Agosto del 2026
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