El
poder es, originariamente, consecuencia. Más tarde, causa de sí mismo («el
objeto del poder es el poder». 1984. Orwell). Las democracias han
articulado mecanismos para supervisarlo, si bien esto no es más que un
eufemismo, pues el poder, como el agua, siempre encuentra una vía por la que
escapar de aquello que pretende coartarlo. Porque el poder es, en todo momento,
político y no económico, aunque quienes lo ejercen o aspiran a hacerse con él
requieran de sustento financiero (e intenten ocultarlo desviando la atención
hacia los intereses empresariales). La Economía, como ciencia, está al servicio
del bien común (Tirole), si bien es el medio, no exclusivo, que emplea
la política, condenada, de facto, a servirse a sí misma, imponiendo a la
colectividad una única idea: la pluralidad es aquello que nos permite seguir
siendo la única opción, frente a las restantes que sólo ansían arrebatarnos el
poder para imponer su oscura agenda. En este sentido, el término «pluralidad»
ha ocupado el lugar de la acepción «democracia». Se ha conseguido que comulguemos
con una simpleza, que imponer la primera es garantizar la segunda. Basta el
paso siguiente, demonizar al resto de opciones, para describir una democracia
moderna, atravesada por pasadizos a través de los cuales aparecer y desaparecer
en lo que se lleva una palmada al aire. Catacumbas secretas por las que
continuar manteniendo el poder sin que el ciudadano acierte a saber en qué ha
mejorado realmente su vida, si no es porque los otros no están.
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Lunes, 17 de Agosto del 2026
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