Opinión

Cuando los días olían a tierra

Juan Romero Gómez | Jueves, 20 de Agosto del 2026
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ubo un tiempo en que los hombres caminaban despacio, porque la vida tenia otro ritmo. Un tiempo de mulas, de frio en las manos, de sol sobre la espalda y de felicidad. Esta fotografía parece devolvernos, desde los años cincuenta, a aquella España rural que hoy sobrevive en la memoria.

En las calles de nuestros pueblos, y también en las de Tomelloso, la vida pasaba a ras de tierra. Las mulas eran compañeras de trabajo, de madrugada y de caminos; llevaban el peso de las cosechas y, muchas veces, el de una familia entera. Los hombres del campo salían al amanecer con frío metido en los huesos y regresaban cuando el sol ya había dejado su última luz sobre los barbechos.

Miramos esta fotografía y casi podemos escuchar el tiempo de los arreos, el roce de las alforjas, alguna conversación dicha en voz baja. Podemos imaginar el invierno mordiendo las manos y el verano quemando la piel. Y, sin embargo, había algo profundamente humano en aquellos días: la capacidad de conformarse con poco sin sentir que faltaba todo.

No eran tiempos fáciles. Había privaciones, cansancio y silencios. Pero también había una felicidad que hoy quizá nos cuesta comprender: la de sentarse a la puerta de casa al caer la tarde, compartir un trozo de pan, conversar con el vecino, saber que el trabajo estaba hecho y que mañana habría que volver a empezar.

El hombre de la imagen, envuelto en su manta, parece detener el tiempo. No posa solamente para una cámara; parece posar para nosotros, para quienes muchos años después hemos aprendido que el progreso no siempre significa vivir mejor. En su rostro hay cansancio, dignidad y una serena humanidad.

Quizá por eso esta fotografía conmueve. Porque no retrata solamente a dos mulas y a un hombre. Retrata una forma de vivir, de sufrir, de querer y de ser feliz. Sino que muestra a la España humilde que se fue marchando sin hacer ruido, dejando en nuestras calles el eco de sus pasos y en nuestra memoria el olor profundo de la tierra.

Poema

Hombre del campo, hijo de tierra,

con frio en las manos y en la frente,

llevas una vida dura y constante

bajo un sol que aprieta y no se cierra.

Tu mula avanza lenta por la tierra,

compañera fiel de cada día,

entre sudor, silencio y agonía

la dignidad se alza y no se cierra.

Miro tu imagen y algo me toca,

porque en tu rostro humilde todavía

queda un mundo que el olvido no ha

borrado.

Y siento que regreso, cuando llueve,

a esa llanura tranquila y fría

donde ser pobre no era estar derrotado.


Juan Romero Gómez . Agosto 2026

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