Tomelloso

“Tenemos que conseguir que el vino hable de la viña de la que procede”

El enólogo, Miguel Ángel Valentín, apuesta por una viticultura de resistencia y vinos de parcela para recuperar identidad

Carlos Moreno | Viernes, 4 de Septiembre del 2026
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El enólogo tomellosero Miguel Ángel Valentín Lara ha iniciado un nuevo proyecto vitivinícola con el que pretende reivindicar la identidad de los vinos de su tierra desde una perspectiva artesanal y alejada de los modelos de producción masiva. La iniciativa, que se articula bajo el nombre de Bodega Miguel Valentín, nace con la intención de elaborar vinos de pequeñas parcelas, prestar una especial atención al suelo y trabajar con una intervención mínima en bodega.

Valentín, que ha tenido un excele nte maestro en su padre, impulsor del proyecto de Bodegas Centro Españolas, explica que todavía resulta difícil encasillar el proyecto en una categoría concreta. Más que de vino de autor, prefiere hablar de “vinos de obsesión, debido al grado de exigencia y dedicación que estamos poniendo en el trabajo del campo”. Una de las líneas fundamentales de su propuesta es la denominada viticultura de resistencia, un concepto que en otras zonas vitivinícolas se aproxima al de viticultura heroica, aunque en el caso de La Mancha “esa resistencia tiene que ver principalmente con las condiciones climáticas, la disponibilidad de agua y las dificultades a las que se enfrentan los pequeños proyectos frente a los grandes grupos”, explica.

Frente a un sector en el que, a su juicio, existen cada vez más empresas de gran tamaño, el enólogo considera que los pequeños elaboradores tienen que buscar su propio espacio y ofrecer algo diferente. Su estrategia pasa por reducir el volumen y competir mediante la calidad y la personalidad de los vinos.

El suelo como elemento diferenciador

Uno de los pilares del proyecto será el estudio de los suelos. Valentín lamenta que “en la zona apenas se hayan realizado estudios edafológicos durante décadas” y considera que “se ha perdido parte de la atención que los agricultores de generaciones anteriores prestaban a la tierra”. Por ello, está seleccionando parcelas situadas en diferentes zonas de la comarca de Tomelloso para comprobar cómo las características del terreno influyen en el resultado final del vino.

La diversidad, asegura, existe aunque desde fuera pueda parecer que el paisaje manchego es uniforme. “En parcelas próximas a Ruidera encontramos terrenos arenosos, mientras que hacia Alcázar predominan los suelos arcillosos. El objetivo es elaborar vinos de diferentes parcelas y mostrar al consumidor cómo las características de cada zona pueden modificar el sabor y la personalidad del vino”.

En ese sentido, Valentin considera fundamental recuperar también el conocimiento de los agricultores de generaciones anteriores “y comprender por qué sus antepasados escogían determinados terrenos para plantar las viñas y descartaban otros situados a pocos kilómetros”.

El proyecto tendrá dos vertientes. La primera estará localizada en Tomelloso y se comercializará como Vino de la Tierra de Castilla.  La segunda vertiente se desarrolla en Rioja, donde el enólogo ya ha elaborado las añadas de 2024 y 2025 y afronta ahora su tercera vendimia, correspondiente a 2026.

Pastrana, un nombre ligado a la familia

La vinculación familiar estará también presente en la identidad de los vinos. El elaborado en Tomelloso se llamará Pastrana, un nombre que procede de un antiguo apellido familiar y que terminó convirtiéndose en el apodo con el que se ha conocido tradicionalmente a la familia. “En Rioja, en cambio, los vinos llevarán el nombre de Miguel Valentín. La elección de los nombres responde a una intención de mantener una conexión directa entre las elaboraciones, la familia y los lugares en los que se producen”.

El proyecto empezó a tomar forma  tras el nacimiento de su hija Lara, en 2024. Valentín sitúa aquel momento como el punto de inflexión que le llevó a decidir que era el momento de poner en marcha su propia idea de una bodega pequeña, artesanal y basada en el trabajo manual.

La dimensión prevista refleja esa filosofía. La zona estrictamente destinada a elaboración tendrá unos 300 metros cuadrados, a los que se sumarían otros espacios destinados a actividades vinculadas al vino. La intención es crear un lugar en el que, además de elaborar, se puedan realizar catas, acoger visitantes y ofrecer productos locales.

El proyecto incorpora también una dimensión cultural. Valentín pretende mantener una tradición que ya había desarrollado anteriormente; la de acercar el mundo del vino a la población mediante conciertos, eventos y otras actividades. “Nuestro objetivo es que la futura bodega pueda convertirse en un espacio de encuentro en torno al vino, la cultura y el territorio”.

Sin embargo, la ubicación definitiva todavía no está cerrada. Las dificultades administrativas y urbanísticas han obligado al proyecto a estudiar hasta ocho emplazamientos diferentes. El enólogo defiende que una iniciativa de estas características, con una superficie de elaboración reducida y vocación de atraer visitantes, no debería encontrar tantas dificultades para establecerse.

«Pequeño en volumen, grande en calidad»

La estrategia comercial está condicionada, según Valentín, por uno de los principales problemas que atraviesa actualmente el sector: la caída del consumo de vino. “Frente a los hábitos de generaciones anteriores, hoy tenemos una sociedad mucho más preocupada por el cuidado del cuerpo y en la que el consumo de bebidas alcohólicas ha perdido presencia”, señala.

En este contexto, considera que “tampoco debe plantearse el consumo desde posiciones extremas" y reivindica "la moderación y la responsabilidad". Al mismo tiempo,  las bodegas pequeñas deben adaptarse a los nuevos hábitos y buscar un público que valore la calidad y la personalidad del producto”.

Su planteamiento es claro: competir en los mercados mediante una producción limitada. El objetivo máximo que se ha marcado es de unas 70.000 botellas anuales, "una cifra suficiente para mantener el control sobre el producto y trabajar de forma diferenciada los suelos, las variedades y las calidades".

“Nuestra idea incluye recuperar el protagonismo de variedades minoritarias y reivindicar otras que durante años han estado infravaloradas, -continúa explicando-. Entre ellas, el airén, una variedad que puede ofrecer resultados muy interesantes cuando procede de viñas viejas, se trabaja con bajos rendimientos y recibe un tratamiento cuidadoso durante la elaboración”.

Para Valentín, la clave está en que la uva llegue a la bodega en las mejores condiciones posibles. “Cuando la materia prima es buena, -sostiene-, el trabajo del enólogo debe consistir fundamentalmente en respetarla y evitar intervenciones innecesarias”.

Volver al campo para intervenir menos en bodega

Precisamente esa filosofía representa uno de los cambios que el enólogo ha experimentado en su propia forma de trabajar. “Tras años de evolución tecnológica y de una mayor intervención en los procesos de elaboración,  la tendencia actual pasa por recuperar parte de los métodos tradicionales y devolver protagonismo al viñedo”.

Valentín defiende que el enólogo debe salir de la bodega, visitar las parcelas, observar las viñas y conocer su estado y su carga. A su juicio, “cuanto mejor sea la uva, menos trabajo será necesario realizar posteriormente en la bodega”.

Esta evolución coincide, según relata, con una tendencia que también percibió recientemente en un encuentro de jóvenes enólogos celebrado en el Basque Culinary Center. Allí pudo comprobar que “muchos profesionales defendían precisamente la necesidad de volver a una elaboración menos intervencionista, después de una etapa en la que el enólogo había adquirido un perfil excesivamente ligado a la química y a la incorporación de productos al vino”.

Su filosofía actual se resume “en trabajar más en el campo, utilizar una materia prima de mayor calidad y dejar que el vino exprese tanto la variedad como el lugar del que procede. En definitiva, se trata de intervenir lo menos posible y conseguir que el vino hable de la viña”.

El nuevo proyecto de Miguel Ángel Valentín Lara nace así con una dimensión que va más allá de la elaboración de vino. Es una apuesta por recuperar el valor del territorio, estudiar las diferencias entre parcelas, reivindicar variedades y construir una pequeña bodega vinculada a la cultura y a la identidad de Tomelloso. Todo ello desde una premisa que el enólogo considera esencial: "diferenciarse no por volumen ni tampoco por precio, sino por calidad".


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