Opinión

El consejo de ancianos visto por Ciri

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 12 de Septiembre del 2026
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El panorama político e informativo están llegando a una tensión, que en términos eléctricos hablaríamos de gigavatios (GW), por ello Ciri y yo nos refugiamos en el mar de la tranquilidades en la cafetería, que ya llamamos nuestra y olvidamos por un tiempo la tormenta nacional con Ceuta y otros avatares escabrosos.

La meteorología de esta tarde de viernes lleva la contraria al cambio climático y a Roberto Brasero; estamos en unos muy agradables 24 grados, siempre según el termómetro de la botica, y sin riesgo de tormentas.

—¿Has oído hablar alguna vez —me pregunta Ciri con asomo de sonrisa — del Consejo de Sabios?

—Desde luego que sí. Remontándonos en la historia que conozco, tal grupo de sabios existió en Grecia alrededor del siglo VII antes de Cristo, los más importantes son siete de ahí su nombre “Los Siete Sabios de Grecia”, los cuales contribuyeron en el gobierno justo de las ciudades-estado.

—Ya estamos demostrando los conocimientos intelectuales —me responde mi amigo utilizando voz de aparente reprimenda.

—Yo me refiero al Consejo no al Grupo, —recalca las sílabas de las dos últimas palabras, después de saborear un trozo de magdalena y remojarla con un buen trago de café.

—Pues ya me explicarás la diferencia entre grupo y consejo, —respondo con bastante sorna bañada con una sonrisa maliciosa y añado— “caballero intelessstual”.

—Amigo Joaquín, te has contagiado con la falta de conocimiento, que según el Informe PISA, tienen nuestros estudiantes menores. Consejo y grupo son sinónimos, son palabras que tienen diferente escritura pero su significado es parecido o incluso igual. ¿No te acuerdas de estudiar los sinónimos y antónimos en el colegio?

Este Ciri es incorregible, lo mismo te habla de un tema importante que se rebaja a explicaciones simplistas y todo por tomar el pelo. Así que finjo no haberlo oído y me encierro en mi disfrute del café y las magdalenas. Como a la vez es bastante nerviosillo no tarda en llamarme la atención con varios golpes en el codo.

—¿No te habrás quedado lelo, amigo del alma? —Me pregunta con una carcajada estrepitosa de las suyas.

—No. Es que me tienes despistado con tus ideas convulsas y no sé a qué atenerme.

—Te hablaba del “Consejo de Sabios”, porque así fue el apelativo en plan jocoso, (ya me conoces) que les puse a un grupo señores mayores, no digo viejos por si me corriges, que se juntaban todas las mañanas en uno de los paseos del  pueblo donde veraneé. 

—Eres impenitente, Ciri, hasta pones mote a los pobres viejecillos que se juntan a contarse sus penas y desdichas. Además demuestras una falta de educación condenada en todos los libros de urbanidad, si existieran todavía.

—Ah, no, no. De penas y desdichas nada. Hablaban de temas muy actuales y a veces con bastante información. Y menos intromisión en conversaciones ajenas. Te informo bien: Eran cinco, puntuales a la convocatoria diaria como el filósofo Kant, o sea más que un reloj. Hablaban sin necesitar altavoces, a gritos, aquí dudo si por la dureza acústica de algunos pabellones auditivos o por la necesidad de que los paseantes oyeran sus opiniones.

—Me alegro por ellos, se perecen a nosotros.

—Ni por asomo, se parecen a nosotros. Pontificaban sobre cualquier tema que pusiera alguno en bandeja: Fútbol, todos sabían más que Luis de la Fuente y Vicente del Bosque juntos. Climatología, las aseveraciones, inventadas casi siempre, superaban a las de cualquier meteorólogo. Política, sus conclusiones y soluciones a los problemas sociales superaban a todos los políticos y politólogos.

—Es decir, querido Ciri, que has aprendido mucho escuchando sus tertulias mañaneras.

—No creas, no he aprendido tanto. No se parecen en nada a nuestras reuniones; nosotros opinamos, respetamos el turno de palabra, las ideas y modos de expresarlas, podemos enojarnos en un instante, pero al momento volvemos a la buena praxis. 

—En esto debo darte la razón, compañero.

—Hubo dos cosas que me divertían sobremanera. Una era que, como no respetaban el turno de palabra, el intento de imposición llevaba al contrincante a adquirir esa voz propia de frailes antiguos de tono entre tenor y barítono, que los hacía especialmente cómicos. Y otra observación que me disgustó fue que hablaban en Castellano, pero cuando alguien se acercaba cambiaban a Valenciano, problema importante al no poder hilar más de dos o tres palabras seguidas, con lo que se pasaba de uno de los dos idiomas a un chapurreo incomprensible y a la vez imposible de reproducir en papel. 

—Creo seriamente, caro Ciri, que el próximo año les pidas audiencia para incorporarte al tan comentado “Consejo de Ancianos”.

—¡Qué gracioso eres! Con lo que te he contado… ¿tú me ves sentado en un banco intentando meter baza y que no me dejen? Explotaría y saldría corriendo, puedes asegurarlo.

—Sería divertido verte entre esos señores —le insisto con picardía pretendiendo enervarlo.

—Ya te he dicho antes, que no, que me esperes sentado… Pero quiero reconocer cuatro cosas importantes en ellos: A su manera se sienten y se tratan como amigos, lo cual los engrandece. Aunque aparentemente discutan con vehemencia, siempre terminan suavizándose. La tercera lección es que no necesitan abstraerse con el teléfono móvil mientras están juntos. La última es que tienen juicio crítico sobre variadísimos temas, cualidad esta que falta a muchos de nuestros coetáneos nacionales y europeos.

Con la perorata de Ciri, me llevo esta tarde unas lecciones interesantes. Le digo que pago yo, a lo que no muestra oposición alguna, al contrario alegra la cara y añade:

—No faltaba más, te lo permito, grato amigo.


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