“El
resultado de este endiosamiento de soberbia, donde nadie resguarda a nadie,
corre el riesgo de deshumanizarnos por completo, reduciendo la existencia a un
mero comercio de compraventa, lo que significa privarnos de decencia, dignidad
o sensibilidad”.
En una época en la que empiezan a proliferar las actividades
laborales a distancia, fuera de la oficina o de la sede de la empresa, mediante
el uso de tecnologías de la información y la comunicación (TIC), tenemos la obligación
de permanecer profundamente bienhechores, custodiando con simpatía ese innato
altruismo, generado a golpe de corazón y en diálogo con nuestros semejantes,
que ninguna máquina podrá jamás sustituir. El avance benigno nace del abrazo
extendido y compartido, de un talento con el consabido talante en guardia,
dispuesto a escuchar y con una voluntad que busca y rebusca más lo que nos
acerca que los nos distancia. Por tanto, fragüemos con sabiduría, ese espíritu
donante de compañía, que es el que nos embellece como ciudadanos de bien.
Todos venimos a la vida sin nada, desnudos y necesitados. Somos
desvalidos e indefensos por nacimiento; requerimos pan y atenciones, palabras y
cariños. Que nosotros olvidemos nuestra indefensa historia, es de lo más feroz;
pues, dejamos a un lado la misma nutrición del ser, la del espíritu y la del
cuerpo. Ante esta dolorosa realidad de abandonos o de soledades impuestas,
resulta cada vez más evidente la necesidad de una asistencia afectuosa en cada
etapa de la vida. Justamente, hoy la labor de cuidados, sea remunerada o no, es
fundamental para sentirnos custodiados. Hacer realidad los derechos humanos es
primordial, tanto para los que ofrecen su capacidad de auxilio como para los
que requieren atención y apoyo.
El resultado de este endiosamiento
de soberbia, donde nadie resguarda a nadie, corre el riesgo de deshumanizarnos
por completo, reduciendo la existencia a un mero comercio de compraventa, lo
que significa privarnos de decencia, dignidad o sensibilidad. A
estos tremendos desajustes hay que añadir el clima de violencia que habita por
doquier, llegando a desplazar el diálogo. Lamentablemente, la consecuencia
devastadora del odio, que incita a la intimidación y a la intransigencia,
tampoco es nada nuevo. Sin embargo, su magnitud e impacto se ven ahora
amplificadas por las nuevas tecnologías de la comunicación. De ahí, la importancia
de cultivar la verdad, junto a la bondad, que será lo que nos fraternice.
Por consiguiente, la heroicidad de cada cultura alcanza su más
alta cota de sapiencia, cuando rastrea la concordia y el bien de todos, dando
testimonio del auténtico significado de nuestra corpulencia. Sea como fuere, no
se puede entender situación alguna, elevando muros en los corazones. Pensemos
en lo que nos armoniza, la vida personal y las conexiones, nuestra relación con
los demás y con el medio ambiente. Cuidar estos pequeños detalles, sumando
latidos y acrecentando renuevos de luz, sabiendo que nuestra naturaleza indulgente
nos hace festejar lo que es bueno y bello, nos urde a ser generosos y a realizar
actos memorables, como la amistad vertida hacia esas gentes indefensas que nos
llaman con su mirada.
La cosecha de abatimientos, en nuestras biografías, es tan real
como la vida misma. Lo trascendente es que podamos sonreír con alguien, para
borrar de nuestro diario la desesperación. No hay más que una desdicha, la de
no ser sublimes, pues no hay mayor gloria que revolverse al penitente verbo
para ser verso. Realmente, son estos contextos ricos en compasión y apego,
donde surgen también los gestos homéricos. Al fin y al cabo, todo se convence y
se vence por amor. Lo prioritario, entonces, es sentirse humanitario en los
esfuerzos desinteresados y heroicos, como esas gentes de servicio, entregadas a
lenguajes cuidadores que son los que nos rehabilitan, con la fuerza de la
esperanza y el entusiasmo necesario para poder afrontar la mundanidad sin barbarie
alguna.
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Jueves, 1 de Octubre del 2026
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