Opinión

El perfil del poeta. ¿Son poetas todos los que dicen serlo?

Bernardo Fernández-Pacheco | Jueves, 1 de Octubre del 2026
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                                                                                                   Podrá no haber poetas;

                                                                                                   pero siempre habrá poesía.

                                                                                                   (Gustavo Adolfo Bécquer)

La posibilidad que deja abierta Bécquer, uno de los poetas más destacados de las letras hispanas, es muy remota. Desde que el mundo es mundo, de un modo u otro, nunca han faltado poetas, y mucho menos en estos tiempos que corren, en los que proliferan como setas después de unas generosas lluvias otoñales —entre otras cosas, porque las editoriales publican todo lo que les llega, sin realizar criba alguna—.

Por extensión, podría decirse que poeta es aquel que hace poesías. Así lo afirma el diccionario, informándonos a la vez de que el vocablo goza de un amplio número de sinónimos, entre los que se encuentran términos tan evocadores y menos utilizados como bardo, rimador, vate, juglar o coplero.

Pero, ¿podemos considerar poetas a todos los que escriben versos? ¿Lo son y merecen esa denominación, por ejemplo, los que elaboran esas grotescas composiciones que se denominan ripios? ¿O lo son aquellos otros que escriben en una especie de prosa ininteligible y hermética, que solo es poética porque los renglones simulan versos? Creo que mayoritariamente diríamos que no.

Entonces, ¿quiénes son los poetas? ¿Qué cualidades tienen en común? ¿Podría hablarse de ellos delimitando una tipología exclusiva y característica? Para cualquiera, incluido un psicólogo, como es mi caso, la pregunta resulta tremendamente compleja y difícil de contestar. Ya que pretender delimitar el perfil del poeta, además, nos enfrenta directamente a otro concepto no menos peliagudo: el de poesía. Aun así vamos a intentarlo.

En 1983, en una charla didáctica protagonizada por el poeta Alfonso Carreño y que iba dirigida dirigida a los alumnos del colegio público La Candelaria, de Manzanares, escuché por primera vez que poesía era “un extrañamiento del lenguaje”. La definición se me quedó grabada y me dio que pensar. Como no he vivido alejado del mundo de la poesía, sino que lo he tenido muy cerca de mí, con el paso de los años, esa particular expresión volvió a salir a mi encuentro en diversas ocasiones y pude saber que no era solo cosa de Carreño. El término se había acuñado a comienzos de siglo XX y, desde entonces, venía siendo sobradamente conocido y familiar en los círculos literarios, aunque a mí no me llegara la información.

El concepto “extrañamiento” surge con la corriente intelectual denominada Formalismo, de origen ruso. Un movimiento de comienzos del siglo XX que en Literatura contribuyó a fortalecer la crítica literaria como disciplina autónoma. La exposición y defensa del extrañamiento se atribuye al prolífico crítico y escritor ruso Viktor Shklovki, quien desarrolló un marco conceptual que iba dirigido no solo a la poesía, sino a la manifestación artística en general.

Sin embargo, nada o casi nada es nuevo. Mucho tiempo atrás, Aristóteles también denunció la pérdida de originalidad (y de belleza) que el uso frecuente y meramente funcional del lenguaje (el habla) trae consigo. Ese constatado hecho, desde la antigüedad, apuntaba directamente a los poetas, ya que eran los más  comprometidos con la búsqueda de formas originales de expresión. Y esta misma idea, reformulada y ampliada, es la que Shklovki reclama para el arte, incluida la poesía. Un planteamiento que de manera explícita ha sido corroborado —¡y de qué modo!— en el devenir literario posterior. El fenómeno del extrañamiento en el lenguaje se ha enseñoreado de la poesía y los poetas buscan con ahínco la asociación de palabras que, en el habla coloquial e incluso en jergas especializadas, carezcan de proximidad.

En relación con poesía y poetas, la Psicología entra en juego desde dos campos de estudio diferentes: A) Los efectos perceptivos. B) La definición de rasgos de personalidad.

Aunque nos centraremos más en el campo B,  es preciso destacar que el efecto que genera el extrañamiento está relacionado con el fenómeno de la percepción de  estímulos —la puerta de entrada de toda información—, sean estos visuales, acústicos táctiles o lingüísticos, y su efecto sobre la atención. En los estudios del fenómeno atencional, como cualidad cognitiva de primer orden, se ha comprobado que cuando el uso de estímulos (palabras y expresiones, para el caso que nos ocupa) deriva en repeticiones y automatismos, la experiencia del receptor se vuelve anodina y pierde intensidad. Por el contrario, el extrañamiento en la asociación de estímulos intensifica la experiencia perceptiva. Y este precisamente es el efecto que pretende provocar el escritor de versos. El fenómeno defendido por Shklovki, pues, tiene su fundamento y explicación científica.

En lo referente a la composición poética, la conclusión es rotunda: si importante son los significados mucho más lo son los significantes; es decir, priman en ella los elementos que dan soporte al lenguaje: las formas y los componentes del conjunto de signos verbales. Por esa razón, por el alto valor de los significantes, en la construcción de versos  destacan, como en ninguna otra producción escrita, las figuras retóricas; esas formas de expresión que sirven para embellecer la lengua: la metáfora, la hipérbole, el símil, la comparación, la anáfora, el asíndeton, etc.

Asumiendo esta característica inherente a la poesía, que afecta y condiciona a quienes la cultivan, ¿podría hablarse de un perfil psicológico de poeta? ¿Sería posible delimitar lo que tienen en común los creadores de versos, con independencia de la lengua o el lugar del mundo en el que desarrollen su obra? Creemos que sí. La delimitación de perfiles es cometido de la Psicología de la Personalidad. Vamos a exponer cuáles serían esas cualidades.


El rasgo más destacado de ese perfil común, compartido por todos los poetas, sin duda, es el dominio de la lengua en la que escriben. Por esa exigencia, salvo rarísimas excepciones, el poeta escribe en su lengua materna. Los poetas gozan de una admirable amplitud de léxico, muy por encima de la media de la población a la que pertenecen. Un vocabulario extraído, como es natural, de las relaciones comunicativas que han tenido lugar en los diferentes círculos sociales de los que han participado, también —cómo no— de lo que pudieran haber aprendido en los procesos de formación seguidos (cursos, lecciones, charlas o conferencias desempeñadas por personas con una competencia lingüística enriquecedora). Pero, sobre todo, la riqueza de palabras de la que hace gala el poeta proviene de la lectura. ¡Sería un milagro dar con un buen poeta que no hubiera sido y siga siendo un buen lector! A escribir poesía se aprende leyendo. Y, por esa circunstancia, simplemente  ojeando un libro o un compendio de poesías, se nota cuando los versos están respaldados por años de experiencia lectora o si solo son el fruto del atrevimiento de alguien que apenas ha leído.

Pero no basta con poseer palabras, el poeta también debe dominar la forma de relacionarlas entre sí con corrección; es decir, ha de poseer un excelente dominio de la sintaxis de la lengua en la que escribe. El sentido sintáctico de una persona puede estar altamente desarrollado sin estudiar gramática o sin llegar a ser un experto en ella; aunque si esta se estudia y se conoce a fondo todo resulta mucho mejor. La obra del imitador de poeta, por grande que sea su empeño y dedicación, suele estar plagada de numerosos errores sintácticos (solecismos): defectos de concordancia, oraciones inconclusas, uso incorrecto de nexos, fallos a la hora de emplear los signos de puntuación, etc. La presencia de faltas gramaticales devalúan cualquier composición poética, la reiteración de las mismas la  anula por completo, por muy grande que sea el afán de quien pretenda llamarla poesía.

En el plano de los afectos y emociones, el poeta suele hacer gala de una gran sensibilidad, referida a toda clase de aspectos humanos, pero, sobre todo, a cuestiones y problemas emocionales o de índole existencial. Y no solo porque le afecten a sí mismo, sino también porque sabe que le afectan a los demás.

Se tilda al poeta de “ensimismamiento” cuando le referida sensibilidad solo se proyecta sobre aspectos personales. Y si esta característica (no salir del propio yo) se mantuviera como una constante en toda su obra, mostrando alejamiento de los problemas y sentimientos de los demás, implicaría una notable limitación. En efecto, la autosuficiencia o el desprecio implícito de lo que sienten y comunican otras personas cercena la dimensión sensible del poeta. Dar rienda suelta a las sensaciones personales y plasmarlas en verso, transmitiendo la impresión de que quien escribe se considera solo y único en el mundo, siendo este un lugar  donde las percepciones y sentimientos de los otros apenas merecen respeto y atención, podría llegar a convertirse en la más grave de las amenazas que se ciernen sobre el poeta. Afortunadamente, por lo común, la mencionada sensibilidad lleva aparejada otra cara, una rara habilidad: saber escuchar. Es por eso que el poeta, de manera consciente o inconsciente, busca romper el culto al YO, intentando que el lector pueda y llegue a identificarse con él. Este es el secreto y el recurso artístico que pone en juego; es decir, pretende generar admiración por el lenguaje en el que se expresa y, a la vez, que el lector llegue a hacer suyas las reflexiones fruto de su particular inteligencia y manera de percibir. Si esa identificación llega a tener lugar, el ensimismamiento se diluye, desaparece, y entonces se produce un fenómeno mágico, que únicamente la poesía es capaz de suscitar,  una especie de catarsis que solo quien es un asiduo lector puede experimentar.

Así mismo, el poeta trasluce en sus composiciones un fundamentado conocimiento de la realidad en la que vive y una reiterada preocupación por los grandes temas que afectaron y afectan a la humanidad. El poeta es un buen conocedor de la historia y de las circunstancias que concurren en el tiempo que le ha tocado vivir. Por esa razón,  no deja de ser un humanista y, en cierto sentido, un filósofo; cualidades que lo convierten en un intelectual. El acercamiento a la historia o al momento presente los lleva a cabo manteniendo una visión global de todo lo que observa. Y esta actitud es la que le permite analizar los problemas personales y sociales en todas sus dimensiones. Un posicionamiento que necesariamente lo aleja de la visión del científico, quien, por regla general, se desenvuelve exclusivamente en sola parcela del saber y, para referirse a ella, utiliza un  lenguaje lo más objetivo posible.

Y para cerrar el conjunto de rasgos que definen —o deben definir— el perfil del poeta actual, no podemos olvidar uno más: la importancia de mantener una actitud crítica dirigida hacia todas las manifestaciones lingüísticas y muy en especial, como es lógico, hacia sus propias formas de expresión, desde el habla coloquial que el mismo utiliza hasta su producción literaria. Por esa razón, no solo ejerce su función en momentos de trabajo creativo, a los que se aplica con dedicación y tesón, sino que también emplea mucho tiempo, investido de juez implacable, a leer y releer sus escritos, a escudriñarlos, analizarlos y corregirlos. Ese proceso está guiado por un exacerbado celo. Un celo que le obliga a pasar revisión de todo lo que escribe una y otra vez, ya que es el único método para evitar los insidiosos e involuntarios errores que pasan desapercibidos. Un trabajo arduo que parece no tener fin.

Por otra parte, el poeta también ejerce la crítica al exterior y no es ajeno a las formas de expresión de los demás. Ama su lengua y, a menudo, sufre cuando observa cómo se la maltrata; no tanto en el habla coloquial como en los ámbitos públicos, foros institucionales o en los medios de comunicación. El lenguaje oral y escrito de muchos profesionales de la enseñanza, desde la escuela a la universidad, no contribuye a la extensión de modelos comunicativos correctos. La televisión, el principal canal informativo, no cumple con su responsabilidad en lo referente a la difusión de manifestaciones ejemplares de la lengua y permite que invitados y contertulios se expresen ante millones de oyente de manera penosa. Tampoco despierta admiración la clase política, que tanta presencia tiene en los medios de comunicación y que suele ser responsable de la propagación de muletillas y frases manidas de pésimo gusto entre la población. Esa condición de sufridor impotente también está muy generalizada entre los poetas,  desesperados al ver cómo la función pragmática del lenguaje impera sobre las demás.

En esencia, desde nuestro punto de vista, esas cinco cualidades referidas definirían el perfil  del poeta del siglo XXI. Nos arriesgamos a establecerlas a sabiendas de que no hay dos casos iguales y que la diversidad, esa característica tan propia de los seres humanos, sería la nota dominante de un grupo especialmente variado y heterogéneo. Sin embargo, por el carácter intelectual de su actividad, por su amor por las palabras y su deseo de transmitir a los lectores sus reflexiones, sus inquietudes, sus emociones o sus fantasías, creemos que, en mayor o menor medida, esas cualidades están y siempre estarán presentes en un colectivo tan importante y necesario como es el de los poetas.

 

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