El fresco
vespertino va tomando fuerza por días. Manga larga en la camisa y chaqueta o
rebeca. El centro del día nos engaña subiendo las temperaturas lo que, según
Ciri, aumenta las posibilidades de constipados, faringitis y otras afecciones
propias del otoño.
—Hoy bien
caliente el café, por favor —ruega a Manolo el camarero antes de sentarse.
—El viernes
pasado, querido compañero, viniste muy ufano, porque te habían regalado un
poema, me lo leíste y lo disfrutamos. Hoy traigo otro que también me han
regalado, a ver si te gusta. Te lo he traído en papel por si quieres
conservarlo; he hecho más copias.
Del bolsillo
de la chaqueta extraigo un folio doblado, lo despliego y se lo doy. Lo toma y
con suma atención lee en silencio:
EL SILENCIO HABITA MI CORAZÓN
“El silencio
habita mi corazón
como la
noche habita los caminos,
sin llamar a
la puerta,
sin hacer
ruido,
dejando en
cada sombra
la huella de
lo que no digo.
Hay palabras
dormidas
bajo la piel
de los recuerdos,
nombres que
aún pronuncia el alma
cuando nadie
escucha,
y una
tristeza leve
que se
sienta conmigo al atardecer.
He aprendido
a convivir
con este
silencio mío,
a escuchar
lo que calla,
a entender
sus pausas,
sus largas
madrugadas
y su manera
de abrazarme
cuando todo
se desvanece.
Pero
entonces comprendo
que también
el silencio habla:
dice lo que
el corazón no puede,
guarda lo
que el tiempo no borra
y custodia,
como una llama,
aquello que
todavía amo.
Dejo que el
silencio habite mi corazón,
porque quizá
en su hondura
esté la
única voz
que todavía
sabe
quién soy.”
—¡Precioso! ¡Me ha encantado! Quién te lo haya
regalado es un o una gran poeta, no me cabe duda. Qué sentimientos y qué bien
expresados, con ritmo en los versos. Habla sin nombrar sentimientos encontrados.
Dale la enhorabuena de mi parte a quien lo haya escrito.
—Va a ser difícil, pero lo intentaré cualquier día de
estos.
Me entretengo disfrutando del bocado de magdalena que acabo de cortar
maridado con sorbo largo de café. En este momento lanzo una mirada a mi amigo por
la línea que queda entre mis cejas y la
taza. Él aplicado también con los manjares del plato. Julián desde su situación
nos observa, no ha podio leer el contenido del folio, por eso le he traído
también una copia.
No aguanto más y al ritmo de una risa contagiosa le
susurro a poca voz:
—¡Cuantos poemas, narraciones, artículos periodísticos
o escritos habrás leído salidos de la misma mente que esta poesía!
—No reconozco el estilo de ningún escritor de los que
sigo. Aclárame algún detalle más.
—Se trata de una maestra que no trabaja en ningún
colegio.
—Conozco algunas maestras que están jubiladas y escriben,
pero no me cuadra con ninguna.
—Enseña ortografía, gramática, sintaxis sin cobrar.
—Este paso me limita las posibilidades de acierto.
—A mí me ha ayudado a descubrir en clase cuándo un
trabajo había sido copiado.
—¿Alguna compañera tuya? Me rindo. Con esos datos que
me aportas cada vez estoy más despistado. No caigo de ninguna manera.
—Tu despiste es más grande, porque estás pensando en
una persona.
—¡Ea! No voy a pensar en una máquina.
—Casi, casi. Son las máquinas (ordenadores,
computadoras, teléfonos, tabletas) quienes la poseen y desde donde se utiliza.
Observo que la cara de Ciri está tomando un color
granate. La necesidad que tiene de acertar hace que su mente funcione a tope;
no encontrar la solución lo enfada sobremanera. No le hago penar más.
—Amigo del alma me estoy refiriendo a la IA
(Inteligencia Artificial).
—¡Claro! ¿Cómo no he caído antes? Es evidente, la IA.
—Efectivamente. Es una herramienta útil para miles de
circunstancias, situaciones, trabajos, los ingenieros la utilizan a diario… Hay
gente que incluso le tiene miedo, igual que a cualquier invento importante en
la historia de la humanidad. Haz recuento y verás.
—El mal uso de ella, no ella, es el que puede traer
malas consecuencias, como igualmente pasa con todo invento o herramienta fundamental.
—Uno de los malos usos, para mi opción es el que hace
bastante gente que escribe. Para los que estamos en ese mundo se evidencia
enseguida, huele a distancia el artificio. Hay personas que escriben textos con
faltas de ortografía, sintaxis, malas expresiones y a la vuelta de una semana
se expresan como podría hacerlo un intelectual universitario, pero… ese escrito
no es suyo, solo lo firma. Se lo ha escrito la “máquina”.
Ciri acaba de dar una carcajada importante y me señala
con el dedo una y otra vez.
—¡Evidente querido Watson… El poema del principio que
decías, te habían regalado…, lo has hecho con IA!
—Cierto de todas, todas… Así es, de lo cual doy fe.
Por eso lo he traído. Los buenos escritores, poetas, novelistas, narradores, periodistas,
etc., nunca nos engañarán firmando
textos que no son suyos, sino de la IA. No cambiarán su musa, su inspiración,
su punto místico por un producto de máquina por muy perfecto que sea.
—Te toca invitar por lo que he penado —exige Ciri—,
hasta encontrar la solución.
Lo hago con gusto y con cariño.
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Viernes, 16 de Octubre del 2026
Sábado, 17 de Octubre del 2026
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