Opinión

La trinchera de papel en pleno corazón de La Mancha

Rufino Pardo Valverde | Lunes, 26 de Octubre del 2026
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Hay algo casi subversivo en plantar una mesa camilla y unos sillones de la abuela para hablar de libros en pleno siglo XXI. En el número 1 de la calle Alcázar, en Argamasilla de Alba, Manu Becket ha creado un espacio íntimo donde uno se puede sentar a charlar. Y charlar no es lo mismo que hablar. Hablar es lo que hacemos por la calle, con prisas, cuando nos cruzamos con un conocido y soltamos un par de frases de cortesía. Charlar exige detener el reloj. Sentarse porque de verdad te apetece escuchar, compartir y dejar que el tiempo pase.

Aquí, en pleno secano manchego y entre mares de viñas, no hay mar ni olas. Pero Manu libra su particular batalla de Lepanto contra el monopolio del clic y el frío de las pantallas. En un tiempo en el que la palabra escrita sobre papel parece desvanecerse, este reducto en el corazón de Argamasilla de Alba sigue aguantando la embestida. Hoy en día, leer un libro es un acto de rebeldía. Y apostar por la Librería Kalifornia (con K, que no se olvide) es hacerlo a las bravas por el trato humano y por cruzarte la mirada con quien te recomienda un título.

Y la trinchera funciona. Solo este fin de semana la agenda ha sido brutal: el viernes el espacio acogió a Virginia Mendoza con su Memoria de las manos, y el sábado hizo lo propio con Olivia Vicente desgranando la Anatomía de la imagen. Yo pude acercarme este domingo para escuchar a Carlos Bardem hablando de los refugios vitales en Triángulo. Allí estábamos, en esa atmósfera de tertulia de antaño, donde la estética cálida y doméstica solo la rompían un par de micrófonos modernos, imprescindibles para grabar el podcast. Que una persona ponga su esfuerzo individual para traer a autores de este calibre a un pueblo y abrirles las puertas de su casa tiene un valor incalculable.

Manu nos invita a eso. A la proximidad. A dejarnos llevar por el simple gesto de girar la hoja y continuar leyendo la aventura que espera a la vuelta. Lo hacemos sin el oscuro peligro que acechaba a los monjes curiosos en la abadía de El nombre de la rosa, claro, pero con la misma emoción y la intriga intacta de saber qué demonios viene después.


Si queremos que este tipo de milagros sigan ocurriendo en nuestro pueblo, en nuestros pueblos, ya sabemos dónde está la puerta. Dejad el móvil, pasad a verle y a charlar un rato. Aún queda mucha vida lejos de las pantallas.

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