“La
maestría, igual que otra destreza sapiencial, es un gran recurso para donar
vida y paz”.
Aquí, por esta tierra de tránsito, ningún saber científico
debe marchar solo y menos aún tener la capacidad de valerse por sí mismo,
satisfaciendo sus propias necesidades materiales, emocionales y prácticas, sin
depender de terceros de forma mancomunada. Está visto que todos estamos en
manos de todos. También las diferentes visiones de la realidad para construir
juntos, requieren del conocimiento colectivo, que se esconde en el corazón de
cada individuo. Nadie tiene la llave maestra por sí mismo, máxime en esta época
de falsedades, lo que requiere ahondar en lo auténtico del ser pensante para
reconquistar la confianza en el acervo investigador, que unido a otros saberes,
son los que contribuyen a tomar espíritu de los pasos hacia la verdad.
Hace falta reforzar el diálogo entre las erudiciones; que,
es un nosotros, con la sociedad. Acercar la investigación a los responsables
políticos y combatir mejor la desinformación interesada, contribuirá a ello. Los
avances probados nos permiten encontrar soluciones a los nuevos desafíos
económicos, sociales y medioambientales con los que construir un futuro
sostenible. Cualquier conocimiento, es una herramienta que el ser humano ha
creado tanto para comprender el mundo que nos circunda, como para aplicar esos
discernimientos en su beneficio. Ojala que, la investigación científica, dejase
de ser un privilegio social y estuviese cerca de todos. La maestría, igual que
otra destreza sapiencial, es un gran recurso para donar vida y paz.
Indudablemente, el cambio de época precisa gentes
innovadoras, creativas, dispuestas a investigar cada vez más profundamente en
el ámbito de la experiencia y de la existencia humana, bajo la estética del
bien colectivo y la ética de un vivir desvivido por la sapiencia y por el arte
de amar. No olvidemos, jamás, que la mejor erudición radica en propagar la
alegría, porque sin ella, toda existencia es inútil. Sea como fuere, en un orbe
cada vez más globalizado, pero no hermanado aún, las personas de cultivo
profundo deben interrogarse a diario, sobre todo para ver si pueden hacer algo
más a este respecto. Fraternizarse será la mejor noticia, lo que demanda que
también los métodos ayuden a unir las mentes y los latidos de los arranques, promoviendo
el razonamiento entre diversos.
Conciliar pulsaciones, avivar los encuentros con la fuerza
del abrazo sincero, como tender puentes de unión y de unidad entre sí, favorece
el clima armónico. De hecho, la sociedad humana se compone y se recompone del
asociacionismo, de las técnicas y las artes, las virtudes y las bondades, las
perfecciones y las imperfecciones. Sucede que, a veces los objetivos, no pueden
ser logrados en muchas generaciones. Por tanto, en todo este universo de
exploraciones conjuntas, no sólo están los vivos, también los muertos y los que
están todavía por llegar. Bajo esta comunión de pulsaciones conjuntas, visibles
e invisibles, los logros conseguidos han de ofrecerse a toda la humanidad, ya
que deberían estar inspirados en imperativos de concordia y de luz, hacia lo
que es justo y bueno.
Sin embargo, la soberbia es un veneno poderoso, que nos
vuelve presuntuosos y arrogantes a los ojos de quienes nos acompañan. Sea como
fuere, se concurre en un grave peligro, porque la inteligencia no siempre aparece
consciente, además la voluntad nunca es estable, las pasiones jamás se
gobiernan y la valentía tampoco vence al miedo a todas horas. Esto debe
hacernos repensar, sobre todo cuando nuestras entretelas se enfrían, porque el
cuerpo humano, nunca puede ser un objeto de comercio. El docto saber, con el
que siempre están presentes elementos de poesía, ha de tomar la senda de lo
experimentado para superar la miseria, la pobreza, la nueva esclavitud y evitar
las guerras. Fuera poderes que engañan, pues; y, retorne la versátil escuela
moral: La ciencia como conciencia.
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Domingo, 8 de Noviembre del 2026
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