Opinión

En memoria de Julio Anguita

Fermín Gassol Peco | Domingo, 17 de Mayo del 2020

Fue en un atestado bar de la Plaza de Santa Ana de Madrid hará de esto cinco años. Un grupo de amigos dábamos cuenta de unas cervezas en la barra; en un determinado momento noté que mi hombro izquierdo topaba con otro, al girarme vi que era el hombro derecho de Julio Anguita; vestía un jersey de cuello alto tan negro como el pelo con que llevaba teñidas sus canas. Instintivamente los dos hicimos en mismo movimiento de sorpresa, media sonrisa de saludo y disculpa. No era momento ni venía a cuento, pero me quedé con las ganas de hacerle esta pregunta: ¿Qué es para usted la decencia, la coherencia política? Creo que era a él a unos de los políticos a quien podía hacérsela.

Hablar de la calidad  y talla de un determinado político es hacerlo sobre la categoría humana que atesora y quizá podríamos saberlo averiguando la coherencia entre sus palabras, sus hechos y el empeño por hacerlos vida, si la dedican con su esfuerzo solidario a hacer de este mundo un lugar más justo y equitativo. Lo que a continuación escribo creo sin lugar a dudas que lo firmaría el propio Anguita.

 Hace ya la friolera de casi tres mil años que el poeta Homero dijera una verdad de perogrullo “ más llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga”. No hace muchos años un brasileño, Paulo Freire decía algo parecido pero en referencia a una realidad más próxima y concreta. “La solidaridad social y política que necesitamos para construir una sociedad menos fea y menos agresiva, en la cual podamos ser más nosotros mismos, tiene una práctica de real importancia en la formación democrática”. 

La frase de Homero sigue siendo universalmente válida y lo será mientras los hombres mantengamos un mínimo de inteligencia; la de Freire también aunque contenga un sentido político y por lo tanto más parcial; pero una cosa parece cierta, la tierra es de todos y todos también podemos y debemos vivir en ella con comodidad existencial desarrollando nuestras potencialidades como personas. Aquello que las dos frases trasmiten es la idea de solidaridad, el único camino que nos llevará a la consecución de las aspiraciones más nobles y justas de la civilización humana. 

Porque causa sonrojo, vergüenza y estupor observar cómo tras tantos siglos de existencia, nuestra civilización moderna y avanzada continúa dando ejemplos de división en ideas y objetivos. Desilusionante y traumático que no hayamos aprendido a dejar un hueco a quien no lo tiene, que ese afán por poseer mucho más de lo que nos hace falta para subsistir, para vivir de manera digna nos acabe paradójicamente amargando la existencia; que la máquina voraz que genera la inaguantable dinámica de no solo querer tener más y más,  sino ser también más que el de al lado nos lleve a un estado de falta de solidaridad en un mundo que se cree y se dice inteligente, globalizado y socializado.

Y haciendo referencia a la socialización, creo que su gran error, al menos hasta ahora al igual que el de todas las revoluciones en general, está en que proclama la igualdad social desde el necesario prisma de creer que las cosas y los bienes han de ser repartidos entre todos pero y es ahí donde creo que radica de manera concreta su fracaso en el tiempo, nunca hablan de que ese reparto ha de acabar siendo “compartido” entre todos también. 

La solidaridad, no impuesta sino como opción voluntaria solamente llegará cuando los seres humanos obremos conducidos y convencidos por una certeza trascendente, por algo que haga elevarnos sobre el plano en el que estamos mentalmente situados, el plano de la competencia frente al otro. Freire habla de la solidaridad social y política, pero esa solidaridad si algún día llegara a darse a nivel universal, sería como consecuencia de la aceptación amable de un ideal al que todos nos dirigimos convencidos de ser el único camino.  

No sé si han visto “Las nieves del Kilimanjaro” una película francesa adaptación del poema de Víctor Hugo, “Las pobres gentes”. Pues bien, una de las críticas vertidas sobre ella decía: “Película ejemplar para estos tiempos de engaño y falta de solidaridad permanente”. Si quieren empaparse de un profundo canto a la solidaridad les invito a verla. No a la teórica y literaria solidaridad que encierran estas líneas, sino a la que un matrimonio formado por un sindicalista y una empleada de hogar de mediana edad pone en práctica de una manera coherentemente vital. Un cántico a las generosas nieves de la solidaridad.

Estas líneas han querido ser un homenaje de reconocimiento a la coherencia política de Julio Anguita.

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