Opinión

Árboles

Manuel Sánchez Patón | Martes, 30 de Marzo del 2021

Sevilla, Aranjuez, Santander, Guadalajara, Puertollano, Tomelloso, Campo de Criptana, y Alcázar de San Juan forman parte de una lista de poblaciones con un denominador común en el último año; las agresiones a sus árboles, la mayoría provocadas o consentidas por las administraciones públicas, con participación estelar de los ayuntamientos. Bajo el pretexto de las intervenciones urbanísticas, algunas innecesarias y de alto coste económico, los árboles ornamentales son expulsados de sus dominios urbanos o, en el mejor de los casos, maltratados por podas abusivas. No solo hablamos de árboles individuales sino de arboledas y glorietas enteras. El colmo es cuando los concejales de turno enarbolan la bandera de la sostenibilidad para justificar la ejecución de este tipo de actuaciones, como la tala, en febrero del año en curso, de más de una decena de olmos pumila en la barriada del Grupo Renfe, en Alcázar de San Juan.

¿Qué está pasando entonces?. Nadie pone en discusión la necesidad de los árboles en las ciudades, de hecho ya acompañaron a los habitantes de las primeras urbes fundadas en la antigua Mesopotamia y en el  Imperio Medio de Egipto (IV milenio A.C). El problema es que al tener, por lo general, ciclos de vida relativamente largos, su presencia y rol no siempre se han visto correspondidos con los cambios demográficos, urbanísticos, políticos, culturales, de las sociedades humanas en un intervalo de tiempo que puede comprender unas pocas décadas. La ciudad es un ecosistema vivo, que muta y crece. Lo cual no siempre es una garantía para los más significados miembros del Reino Vegetal, impidiéndoles alcanzar una próspera, tranquila, consumada  y merecida longevidad.

Abandono de los servicios municipales

Hay que subrayarlo; la ciudad no es un lugar para los árboles. La dura compactación del suelo, el cemento y el asfalto no son buenos conductores para la aireación de su sistema radicular, entorpeciendo del mismo modo su movilidad en la búsqueda de agua. Las remodelaciones urbanísticas, la falta de protección de raíces, tronco y copa en obras de edificación, la mala disposición del mobiliario urbano, las podas mal hechas o a destiempo (en primavera, coincidiendo con su plenitud vegetativa), el vandalismo, etc, resumen el conjunto de calamidades que un árbol medio sufrirá  a lo largo de toda su vida. Ya de antemano, la inadecuada selección de una especie  va a condicionar, y no para bien, su crecimiento y experiencia vital en un entorno hostil y desagradecido, como la ciudad.

Las molestias y daños que suelen propiciar (levantamiento de aceras, invasión de raíces bajo el suelo en casas próximas, fisuras en muros y construcciones, daños a tuberías, riesgo de caída en los ejemplares más viejos o enfermos) tiene que ver en ocasiones con la falta de mantenimiento o el abandono de los servicios municipales. La sistematización de podas drásticas terminan acelerando procesos de deterioro que abocan al árbol a una tala segura, por el peligro que podría suponer para las personas o las propiedades.

Una parte del problema radica en la dificultad de conciliar la vegetación urbana, en especial los pies arbóreos, con los proyectos de remodelación urbanística, ya sea por exigencias legales, demanda social, o electoralismo. Los casos que se presentan son dispares. A veces no hay alternativa y hay que quitar el árbol. Pero en muchos otros, se desprecia las ordenanzas municipales y las protestas vecinales, decretando (con inusitado autoritarismo y prepotencia) la innecesaria, arbitraria y desproporcionada tala (que debería ser siempre la última opción de no haber solución técnica posible).

De poco nos vale su exuberante belleza y prestaciones (ambientales, de salud, culturales, recreativas, psicológicas e incluso religiosas) si entorpece una mejora de carretera, una renovación del pavimento o una obra menor. Es curioso, y desconcertante, que todavía no hayamos aprendido a integrar los árboles en los planes urbanísticos y en la ordenación del territorio. No será por falta de conocimiento, instrumentos normativos, y capacidades  técnicas o materiales.

Planes de reposición del arbolado

Los responsables de tales desatinos pretenden confundir a la opinión pública con una utilización demasiado estricta de los planes de reposición del arbolado, que consisten básicamente en la sustitución gradual de los individuos enfermos y viejos. Nada que objetar a este respecto. Las leyes biológicas de la enfermedad y la senectud también se ceban con ellos, por lo que se requiere su clasificación, por parte de los servicios técnicos municipales, para su recuperación (en los casos menos graves) o su apeo (en los irreversibles, por mal estado o gravoso coste económico en su mantenimiento). Los planes de reposición son una buena, útil y necesaria herramienta de gestión, siempre y cuando sean concebidos y desarrollados partiendo de principios y criterios científicos de la Arboricultura moderna y sostenible. Además, representan una oportunidad para corregir errores del pasado, como ya decíamos con la elección de especies inadecuadas.

Por desgracia, con bastante frecuencia, los ayuntamientos hacen un uso torticero, banal, y hasta mercantilista, de los planes de reposición, incurriendo en la erradicación encubierta, o no tanto (que se lo pregunten sino a los vecinos del barrio del Carmen de Tomelloso) de cientos de árboles maduros, sin distinción previa y quirúrgica de su estado de salud. Coloquialmente hablando, la brocha gorda.

Si se quita un viejo árbol achacoso, se pone otro en su lugar, y ya está, arguyen algunos. Olvidan  que no es lo mismo un árbol de setenta u ochenta años (en capacidad de filtrar polvo y partículas contaminantes, en depuración del carbono atmosférico, en humidificación del ambiente, en proporcionar sombra, en ofrecer refugio y soporte para la reproducción a la fauna, en concedernos bienestar emocional y psicológico…) que un arbolito sacado de un vivero que difícilmente (y menos al paso que llevamos) alcanzará la edad que llegó a a tener el primero.

Preservar en las mejores condiciones los árboles maduros es costoso y difícil. Salvarlos a todos sería una tarea imposible, pero el escaso interés de las autoridades por su conservación, al menos de unos cuantos, raya la indolencia. Es triste decirlo pero todo un patrimonio natural y cultural se nos está yendo de las manos en muy poco tiempo. Moreras, castaños de indias, chopos, plátanos de sombra, olmos, tilos, fresnos, acacias, melias, sóforas, testigos mudos de nuestra historia reciente se van para siempre, sin que casi nadie alegue nada en su defensa. Ocurre todos los días en muchas ciudades y pueblos de España.

Percepción social de su valor

Se ha avanzado en los últimos años en la puesta en valor de los árboles y arbustos en la ciudad. Las ordenanzas de medio ambiente recogen títulos dedicados a la flora urbana. Hay ayuntamientos que cuentan con ordenanzas específicas de arbolado urbano, como el de Alcázar de San Juan. Los más preparados hasta disponen de Catálogos Municipales de Árboles Singulares. La gestión de las zonas verdes, en general, goza de espacio en la agenda local (pero inconexa de una visión más global y democrática del urbanismo moderno). Y la xerojardinería o la jardinería mediterránea, que prioriza las especies autóctonas y las técnicas de ahorro de agua, es observada y aplicada en los departamentos de parques y jardines de los ayuntamientos (aunque por otra parte se siga – incomprensiblemente - fomentando el césped, como se hace en Tomelloso).

Nos encontramos así ante una contradicción; ahora hay más árboles en nuestras ciudades que nunca, dada la proliferación de parques y zonas verdes al fin de acompasar la expansión urbana (ciudades dormitorio, cinturones, conurbaciones, polígonos industriales). La legislación es mayor, al igual que la percepción social de su valor, ensalzando por ejemplo su contribución a un escenario de adaptación al calentamiento global y a la crisis ecológica. Sin embargo, quiero remarcarlo una vez más, los árboles más notables y maduros, los más importantes, desaparecen de nuestras calles, plazas,  extrarradios y caminos rurales.

¿Por qué no cuidar y gestionar mejor lo que tenemos, en vez de “reponer” o crear nuevos parques (aburridos y excesivamente funcionales a veces)… que luego, por cierto, no se atienden debidamente?

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