Cuevas

Siglo y medio de historia en la cueva de Ángela Marta Novillo

Carlos Moreno | Sábado, 27 de Noviembre del 2021
Fotos de Francisco Navarro Fotos de Francisco Navarro

Los periodistas de La Voz, la arquitecta, Ana Palacios y nuestro experto en cuevas, José María Díaz visitamos hoy la cueva de Ángela Marta Novillo en la calle Santa María. Explica la propietaria que la historia de esta cueva empieza con el abuelo de su abuelo Faustino Marta Salinas, es decir su tatarabuelo. Seis generaciones que delatan la antigüedad de una cueva que pudo construirse en torno a 1870.

La escalera, modificada con respecto a su trazado primitivo, nos conduce primero  a un jaraíz que alberga dos prensas, una eléctrica horizontal y otra de mano,  que se complementaban en las labores del prensado de la uva. “En la eléctrica le daban el primer apretón y en la de mano terminaban”. Vemos también el pocillo del orujo. Justo al lado, hay una bonita colección de aperos: un ventilador, corchos de tinajas, serillas, ganchos, bombonas, rastros, horquillos, una machota de guarnicionero, varios cribones, una  caldera de cobre para hacer arrope, una colección de lebrillas que se solían utilizar mucho en las matanzas.

Salimos del jaraíz para seguir bajando y llegar a una cueva que tiene siete tinajas de cemento, de quinientas arrobas de capacidad, numeradas,  que fueron construidas en los años cincuenta, una de barro de 200 arrobas y la del gasto, también de barro, que será de unas ochenta arrobas. El techo está en la pura tosca, y por tanto, no presenta ese uniformidad que sí tenían otros techos que rellenaban con tierra los picadores y que según indica José María se acababa cayendo.  Tanto las paredes como el techo están encaladas. La cueva tiene una lumbrera de desgarre trapezoidal que descubre la distinta dureza de las capas del terreno.

 La altura de la cueva es de unos siete metros y apenas presenta humedad. El  balaustre es de hierro. Está muy bien conservada y la propietaria la tiene bien iluminada con bombillas en los huevos de las tinajas que producen un bonito efecto lumínico. Los rabos de las tinajas son lisos y no vemos otros elementos decorativos.

Otro detalle evidente de su antigüedad es la existencia de una canaleta con tejas que discurre paralela a la escalera. También nos llama la atención una pequeña alacena donde los antiguos propietarios guardaban el preciado queso en aceite. La alacena tiene una puerta con una pequeña celosía.

Cueva curiosa la que hemos visitado y con esa gran solera que le da su siglo y medio de existencia. Al final posamos con la propietaria que nos emplaza a visitarla de nuevo cuando haga varios arreglos. La hospitalidad de los tomelloseros no tiene límites.

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