Opinión

El último día del año

Ramón Castro Pérez | Sábado, 31 de Diciembre del 2022
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Lo había anotado en la agenda en el mes de febrero, así que aquel número de teléfono llevaba casi un año completo sin ver la luz.

—¡Llámame! Y lo haré —le había dicho al dárselo. Sus ojos no mentían. De hecho, estaba tan claro que cumpliría su palabra que ella decidió esperar a que el destino tomase la iniciativa, lo cual no llegaría a ocurrir. Treinta y uno de diciembre y él seguía vivo. No estaba dispuesta a esperar ni un día más. Tendría que usar el número. Buscó su móvil y marcó.

—¿Sigue en pie aquello que me dijiste? —dijo, nada más establecerse la llamada. No pasó demasiado tiempo hasta escuchar la respuesta, aunque a ella le parecieron minutos.

—Sí. Sólo necesito algo de tiempo ¿Dónde está él? —preguntó con tono tranquilo.

—Ha salido a comprar el periódico. Imagino que después tomará un americano en … —colgó el teléfono al escucharlo entrar. Había olvidado la cartera.

—¿Con quién hablabas? —preguntó extrañado. Miró un instante el interior de su cartera para cerciorarse de llevar la tarjeta bancaria. En «Charlie’s» no aceptaban efectivo desde finales del veinte y él no iba a cambiar de bar únicamente por ese motivo. Hacían el mejor americano de todo el distrito noroeste y los huevos estrellados tenían firma de autor. La vio dudar antes de escucharla:

—Es mi madre. No consigo convencerla para que me acompañe al cementerio. Tendré que ir yo sola esta vez —contestó, evitando mirarlo. Metió el móvil en su bolso y se dispuso a salir. Estaba claro que aquella conversación le resultaba incómoda, más aun sabiendo que él la estaría mirando fijamente.

Disfrutaba con eso. Miraba sus brazos, su forma de andar, la manera en la que ella se desenvolvía por casa. Daba igual lo que hiciese. Él siempre encontraba una excusa para estudiar sus movimientos, imaginar sus pensamientos, sus miedos, sus deseos, incluso su olor. Por este último, supo que mentía. Y ella fue consciente. Salió de casa con la intención de reanudar la llamada lo antes posible. Lo haría en casa de su madre.

—¡Mamá! ¡Tienes que venir conmigo! ¡Hace un año que no vienes a ver a papá! Anda, vístete.

Mamá no quería pisar el cementerio. Cierto era que su marido se hallaba allí, en un nicho, al lado de sus hermanos y que ella lo había querido con locura en vida. Pero aquella mujer se negaba a asumir la pérdida de quien la había acompañado desde los quince años. Así que entró en el dormitorio y comenzó a vestirse al tiempo que pensaba en la excusa que pondría en el último momento. Mientras lo hacía, escuchó a su hija hablar con alguien al teléfono.

—Disculpa. Tuve que colgar. Entró de repente y me preguntó. Le mentí, pero no le convenció mi respuesta. Está en «Charlie’s». Lo he visto entrar, hará unos diez minutos. Y ahí sigue, tomando esa repugnante mezcla de americano y huevos estrellados.

Desde la salita del piso de mamá podían verse con claridad las mesas del interior colocadas junto a los ventanales de «Charlie’s». Recordó cómo, años antes, ella esperaba a verlo allí sentado para comenzar a vestirse. Mientras lo hacía, él terminaba su consumición y la esperaba en el portal. A papá nunca le gustó aquel tipo, huraño, mucho mayor que ella y cliente asiduo de aquel bar, en el que se sucedían, a diario, turbios asuntos entre gente de mala calaña.

—Está bien —respondió al otro lado del teléfono —Llegaré en quince minutos. Será mejor que ya no estés por allí. También es importante que borres este número.

Mamá ya estaba lista para salir así que tomaron el ascensor. Al llegar a la planta baja, se cruzaron con la familia del segundo derecha. Ella estaba nerviosa pues aquellos segundos de conversación les retrasarían. Quería estar lejos para cuando todo terminara. Al doblar la esquina, lo vio aparcando. Debía apresurarse. Mamá se quejó por tanta urgencia.

—¡Hija! Tu padre no se va a mover de donde está ¿podríamos caminar más despacio? —dijo, mientras se fijaba en el apuesto hombre que se bajaba del coche y que, en esos momentos, cruzaba la calle en dirección a «Charlie’s». Mamá torció el gesto y continúo:

—¿Por qué motivo todos los hombres guapos del distrito son clientes de ese antro? A tu padre nunca le gustó «Charlie’s».

—¡Mamá! ¡Camina! ¿A ti qué te importa quién entre ahí? —dijo ella, a punto de estallar.

—¡Hija! En primer lugar, sí me importa. Esa alimaña que tienes como marido es su principal cliente y en estos momentos se estará tomando su asqueroso americano. En segundo lugar, tengo curiosidad por saber …

Mientras mamá hablaba, aquel hombre delgado, elegantemente vestido, accedía a «Charlie’s» y le metía tres tiros a su yerno. La violencia del acto fue tal que el cuerpo de la víctima atravesó de una el ventanal, cayendo de espaldas en la acera, al tiempo que multitud de cristales le llovían encima. Dentro del local, podía verse al verdugo enfundar la pistola, darse la vuelta y abandonar el lugar, dirigiéndose a pie hacia el este.

—¡Mamá! ¡Mamá! —gritaba ella tratando de detenerla. Fue inútil. Ella estaba paralizada y su madre corría hacia la escena del crimen. De hecho, fue la primera en llegar. Su hija la alcanzó, justo al pie del cadáver.

—¡Te lo tienes merecido, malnacido! —dijo mamá, mirando los tres boquetes que la 357 Magnum había abierto en mitad de su torso. No había terminado de decirlo cuando le propinaba un puntapié para comprobar que estaba totalmente muerto. Convencida, se giró hacia su hija:

—Si quieres, ahora sí podemos ir a ver a tu padre, —le dijo completamente satisfecha —Tengo que contarle esto. Por fin Ronald tiene su merecido.

Minutos después, la sargento Aria contemplaba el cuerpo de la víctima. A unos seis metros de ella, aguardaban madre e hija. Habían sido retenidas por orden suya. Aria sabía que las primeras preguntas eran cruciales. Se acercó a ellas.

—Dígame, señora ¿quién cree que querría matar a su marido? —preguntó, intentando parecer cercana.

—¡La primera yo! ¡Y después, mi hija! —se apresuró a contestar la madre —¡Se lo tenía bien merecido! ¿Somos sospechosas, agente? ¡dígame! ¿somos sospechosas? —prosiguió, fuera de sí, hasta que un compañero de Aria la calmó.

—Disculpe a mi madre, sargento. No lo sé —titubeaba —Nunca me contó nada parecido, más allá de alguna que otra discusión con sus amigos de «Charlie’s».

—Entiendo —respondió Aria —Es decir, su marido frecuentaba este lugar ¿cierto?

—Así es. Desde hace veinte años. Mi madre… quiero decir, yo, vivía justo aquí enfrente cuando nos conocimos. Él solía venir a recogerme y se aficionó a este lugar.

La sargento Aria debía comprobar aquella información, aunque le pareció verídica. No obstante, tendría en cuenta lo que la madre había declarado a los cuatro vientos. Ni la una ni la otra parecían realmente afectadas por el asesinato de aquel hombre. Más bien, dejaban entrever cierto alivio.

—Carlos, investígame a la mujer y a su madre. Puede ser una casualidad, pero no deja de resultar extraño que ambas estuvieran tan cerca de la escena, justo en el momento de los disparos. Creo que esto no ha sido ningún ajuste de cuentas, como algunos vecinos han declarado. Estas dos mujeres saben algo.

Carlos Extremera había trabajado con la sargento Aria en un par de ocasiones. Su capacidad para llegar al fondo de cualquier asunto era tal que ella misma había solicitado que se le asignara a su servicio. Para Carlos no había mejor noticia que esta, pues quería trabajar con los mejores y la sargento era, sin duda, la mejor. No tardó demasiado en hablar de nuevo con Aria:

—Sargento. Desde el móvil de la hija se producen dos llamadas a un mismo número, con el cual no se había contactado nunca antes. La primera llamada, muy corta, aproximadamente treinta minutos antes del crimen. La segunda, también corta, quince minutos antes.

—¿Sabemos a quién pertenece el número? —preguntó Aria sabiendo que Carlos ya lo había averiguado.

—No se lo va a creer, Aria. Es el móvil del teniente Ash.

Aria recogió los informes y salió por la puerta del despacho. —Voy a hablar con él —dijo mientras avanzaba por el pasillo en dirección a la oficina de Ash.

—Teniente ¿da usted su permiso?

—Adelante, Aria, dígame —espetó Ash, indicando con la mano a Aria que tomara asiento.

—Verá. Es en relación al homicidio ocurrido en «Charlie’s» esta mañana. Sin duda, estará usted al tanto. Hemos hablado con la mujer y la suegra de la víctima y, por supuesto, las estamos investigando. Concretamente, la mujer realizó dos llamadas a un número no habitual, minutos antes del crimen. Ese número era el suyo, teniente.

Ash parecía tranquilo. Sabía que Aria no tardaría en acudir por el despacho para preguntarle por las llamadas. Se tomó su tiempo, tratando de parecer lo más convincente posible. Respondió:

—Efectivamente. Así es. Esta mujer, Lilith, me llamó esta mañana para advertirme que temía por la vida de su marido.

—Si no es inconveniente, señor ¿podría decirme de qué se conocían? —interrumpió Aria de manera premeditada.

Ash conocía las técnicas del interrogatorio. Quizá por ese motivo, estaba aún más sereno. Contestó algo que tenía bien preparado:

—Hace justamente un año, el padre de Lilith falleció en extrañas circunstancias. El instituto forense determinó muerte accidental, aunque ella insistía en que se trataba de un asesinato. Fundaba sus sospechas en un sentimiento, una especie de intuición que tenía desde niña y que nunca le había abandonado. Tras una investigación que llevó a cabo el sargento Smith y su equipo, se concluyó que el informe forense era coherente con lo sucedido y el caso se cerró. Esta mañana, según Lilith, había vuelto a experimentar aquellas mismas sensaciones. Intenté, en la primera llamada, tranquilizarla, aunque la comunicación se cortó. Sin embargo, unos minutos más tarde, volvió a insistir. Mi respuesta fue la misma.

El relato de Ash parecía convincente. No obstante, Aria sabía que algo no encajaba.

—Teniente, perdone el atrevimiento. Imagino que usted haría lo mismo en mi lugar, así que debo preguntarle ¿por qué motivo no nos ha informado de estas llamadas? Usted conocía lo sucedido esta mañana.

—Sargento Aria. Tenía usted hasta esta noche para venir aquí y realizarme justamente las preguntas que me ha lanzado. Y sabía que lo haría. De no ser así, yo mismo la habría relevado del caso —zanjó Ash con una naturalidad pasmosa. De hecho, Aria pensó inmediatamente si acaso aquel hombre la vería como una estúpida, pues sólo una estúpida se podría tragar semejante milonga. A pesar de ello, volver a insistir en el mismo sentido abriría, probablemente, un abismo entre los dos que entorpecería la investigación. Aun así, quiso dejarle claro que no se fiaba de él:

—Si me permite una última cuestión, teniente ¿dónde estaba usted cuando Lilith lo llamó?

—Camino a casa. Olvidé mis pastillas al venir al trabajo y decidí regresar por ellas.

Aria sabía, por Carlos, que el móvil de Ash había estado activo en la zona del crimen esa mañana. Quiso observar la reacción de Ash, por lo que le preguntó:

—Si no me equivoco, vive usted a dos manzanas del lugar donde sucedieron los hechos ¿verdad?

—Así es —respondió Ash sonriendo—me crie muy cerca de «Charlie’s».

—Gracias, teniente. Le mantendré informado.

Aria no esperó a la respuesta del teniente, cerrando la puerta tras de sí y avanzando por el pasillo realmente enfadada. Necesitaba una conexión sólida entre él y la mujer de la víctima y, hasta el momento, esta se basaba en el fallecimiento del padre a primeros de año y al hecho de haberse criado en el mismo distrito. No había rastro de llamadas anteriores entre ellos ni tampoco testigos de que ambos se conocieran, más allá de lo declarado por el teniente. Aria, como Carlos, sabía que allí había gato encerrado, aunque sería muy complicado demostrarlo. De hecho, Aria estaba a punto de probar algo que muchos veteranos conocían: «llegará el caso que no puedas resolver y te hará daño, aunque mucho mejor policía».

Ash creció muy cerca de Lilith. Se enamoró de ella la primera vez que la vio, aunque jamás se lo dijo. Para Lilith, Ash comenzaría a existir cuando su padre fue asesinado por el que era su marido, Ronald. Lilith estaba segura de ello, pues el mismo Ronald se lo había contado, momentos antes de dirigirse, juntos, al funeral.

—¡Tu padre siempre estaba metiendo las narices donde no le llaman! ¡Siempre asomado en la ventana mirando lo que hacíamos en «Charlie’s»! ¡A cualquier hora! ¡No! No se pudo conformar con hacer la vista gorda ¡Quería denunciarme! ¿Lo entiendes? ¡Era él o yo! ¡Y ahora serás tú o yo! ¡Te matarán si cuentas algo! ¡Lo harán! ¡Y también matarán a tu madre!

Lilith vivió aterrada durante las semanas siguientes. Cada vez que Ronald salía, llamaba a su madre para comprobar que estaba bien. Hizo de tripas corazón y siguió viviendo con el asesino de su padre. Consiguió que este bajara la guardia y, finalmente, Lilith se armó de valor y se dirigió a la policía, encontrándose con el teniente Ash, quien nunca la había olvidado. Ella le contó todo, pero no pudo demostrarse nada. La maquinaria de «Charlie’s» era excepcional cometiendo delitos, saliendo airosa de los mismos. El asesinato de su padre era uno de ellos y denunciarlo expondría inútilmente la vida de su madre. Lilith no quiso arriesgarse y Ash le brindó una solución, «la única solución». Ella le dijo que, llegado el caso, sería antes de que acabara el año.

—¿Por qué este año, Lilith? —preguntó Ash, tratando por todos los medios de evitar abalanzarse sobre ella y besarla apasionadamente.

—Creo que me volveré loca si él sigue vivo un año más. No podré soportarlo. Tiene que ser este año, aunque sea el último día. Pero… —parecía desmayarse —no sé si seré capaz de pedírtelo, Ash, ¡no lo sé!

Ash la miró por última vez, cogiéndola de los hombros:

—¡Llámame! Y lo haré, Lilith ¡Aunque sea el último día del año! Lo haré.



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