Parece que el tiempo se ha cansado de mandarnos agua, esta tarde se puede pasear sin paraguas. Estamos temporalmente en primavera, aunque en esta tierra, ya se sabe, saltamos de invierno a verano o viceversa sin suficiente tregua.
Ciri se presenta haciendo honor a la nueva temperatura, ha cambiado el abrigo por la gabardina y el sombrero de fieltro por otro de algodón más ligero. Estamos a la espera del servicio; por lo que veo está en camino, en un instante descansará en nuestra mesa.
No tengo buen cuerpo esta tarde, eso que nuestras reuniones siempre son alegres y reconfortantes, hubiera preferido quedarme en casa derramado en el tresillo, viendo algún programa insulso de la tele, de los que puedes dejar descansar las neuronas y valerte con un solo par funcionando.
No puede pasar por otro punto, mi amigo enfrascado en la degustación olfativa y palatina, abstraído hasta el infinito. No se relaja hasta comprobar que aquellos manjares están a su gusto. Entonces da un suspiro de satisfacción y vuelve a la consciencia. Me mira fijamente y su cara de sorpresa no me gusta, algo raro ha visto en mí.
—Querido amigo, ¿te ocurre algo? Tienes una cara de acelga que no te pertenece y menos en nuestra reunión relajantemente, reconstructiva de paz y bienestar.
No se le escapa una al compañero. Qué facilidad tiene para escudriñar el interior de la mente. Mantengo el silencio unos segundos, pero no aguanta.
—No continúo con estas delicias de café y magdalenas, mientras que no me comentes qué te pasa, porque a ti te sucede algo, esa cabezota, rebinando triste, algo tiene.
—Pues sí, para qué te voy a engañar, —respondo mirando fijamente mi plato.
—¿Te vas a explicar o tengo que sacarte las palabras con un sacacorchos? —me incita Ciri elevando un tono la voz con inquietud.
—Me pasa que llevo varios días viendo y oyendo en las noticias que la Unión Europea está aconsejando seriamente que nos proveamos de un kit de emergencia, porque hay que estar preparados para una posible guerra.
El amigo frena el movimiento de introducir en la boca un trozo de magdalena, mira a un lado y a otro, como buscando algo, después detiene sus ojos en los míos. Las décimas de segundo que transcurren se me hacen insufribles. Deja el tenedor y la porción, de nuevo, en el plato y la carcajada que emite es de medalla de oro, olímpica.
Como los comensales de esta hora, ya nos conocen, miran rápidamente interesados en la última ocurrencia, pretendiendo disfrutar de la diversión.
Creo que soy el único en la sala que mantiene cara tan apenada, como antiguo fraile en funeral de marqués. Miedo me da por donde pueda desembocar esta situación.
Ciri no para de reír, ahora algo disimuladamente señalándome con el dedo índice, como cuando niños en la escuela. Le saltan las lágrimas de los ojos. Comienza a toser, es cuando domina la risa tapándose la boca con la servilleta y sin dejar de mirarme.
—¡Ay amigo! Te creía más inteligente y resulta que eres más tonto que Abundio, que fue a buscar espárragos y se trajo un haz de gamonitos en flor.
—Compañero, no te pases, llevo unos días muy preocupado, me despierto a media noche y no concilio el sueño, hasta se me ha ido el apetito.
—La iniciativa del kit de emergencia es una de las mayores imbecilidades que se le haya ocurrido nunca a nadie. Debe haberla parido alguno de los cerebros mutilados y a medio uso del Parlamento Europeo. Te recuerdo que ya hemos tenido bastantes momentos apercibiéndonos del continuo interés de las grandes empresas y medios internacionales de comunicación, para meternos el miedo en el cuerpo, te lo digo más claramente y en lenguaje vulgar: “tenernos acojonados”.
—Cierto que hemos recapacitado en ello en otras ocasiones, pero esta vez no era yo muy consciente.
—Observa algunos puntos curiosos que te enumero: Desde hace un tiempo, no mucho, los políticos europeos se han visto iluminados por algún espíritu malévolo y caen en la cuenta, de que es absolutamente necesario renovar y poner al día el armamento militar de cada nación, porque no es descartable la posibilidad de una guerra, es más, señalan que podría Rusia atacar a Europa. Para lo cual deben convencer a los ciudadanos por el gasto que eso conlleva y el convencimiento pacifista de la mayoría de nosotros.
—Además, —le subrayo— el Secretario General de la OTAN ( Mark Rutt) dice que la diferencia de un misil ruso entre Varsovia y Madrid es de diez minutos, eso es cierto.
—De acuerdo, pero un misil no es una guerra. Lleva Rusia tres años en lucha con Ucrania, aparentemente más débil, más pobre y en ese tiempo no ha sido capaz de dominarla; mientras el reguero de personas muertas (soldados y civiles de ambos bandos) y dinero derrochado son incontables. El PIB ruso es algo superior al de Italia, lo cual demuestra que Rusia es bastante más pobre y con menos medios bélicos, de lo que quieren que creamos, para invadir a toda Europa.
Lo que dice Ciri concuerda con lo que he leído en los periódicos digitales. Mi amigo no va a mentirme para que salga del bache que estoy pasando, deberé hacerle caso.
—Además ¡“Alma de cántaro”! —añade el compañero con su sonrisa irónica permanente— lo de preparar un kit al modo sueco, es una chorrada gigantesca. Tu señora en casa tiene provisión de comida para más de una semana; tiritas, pilas, medicinas urgentes…, revisa el armario del cuarto de baño y verás. Es decir, tu casa posee un kit no de supervivencia, sino para vivir tranquilamente y comer de modo sano, como siempre hacéis. Así pues ¿por qué te calientas la cabeza con tanta chorrada?
—Es muy cierto esto. Qué modo más cruel de manipularnos. Además, si nuestros dirigentes fueran verdaderamente inteligentes, ante los conflictos no recurrirían a las guerras, pondrían soluciones dialogadas, consensuadas, propias de personas avanzadas, cultas y pacíficas.
—Vamos, amigo, levanta el ánimo y ríete de quien intenta amedrentarte. Debemos ser más inteligentes que ellos. Y sin que sirva de precedente te invito a la merienda y a una copita de anís dulce, verás como te vas con la boca y la mente más edulcoradas.
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Lunes, 31 de Marzo del 2025
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