Opinión

Ciri investiga a su amigo

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 5 de Abril del 2025
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Después de unos días de calorcito agradable nos ha dado un palo el tiempo con bajada de temperaturas y más lluvias abundantes, esto último alegra sobremanera a los agricultores de nuestros pueblos;  un amigo, comentaba textualmente:  «El agua para el campo es como billetes caídos del cielo».

En la puerta de la cafetería hemos coincido Ciri y yo, debo ser justo y decir que ha sido él quien me ha esperado un instante. Venimos dispuestos, como cada tarde del viernes, a disfrutar de un rato de solaz y buena compañía.

 Arribamos provistos de sendos paraguas; puede comenzar la llovizna en el momento impensado. Añade Ciri al saludo verbal un choque de su paraguas con el mío, a modo de competidores de esgrima antes del comienzo del desafío. Hay que resaltar que, cada vez que nos juntamos, nunca falta la sonrisa cordial comunicadora de sentimientos amigables.

Debe ser  la humedad del ambiente que produce un olor más específico y grato a café recién molido, lo cual no pasa desapercibido para mi amigo. No defrauda el recibimiento del servicio en la mesa. Para Ciri la vista del contenido de los recipientes es como el reencuentro con familiar largamente ausente. Tengo que dejarle, como es habitual, unos instantes para el goce mental y sensual.

—Buenas tardes, señores. —Oigo a mi espalda, por lo que giro de  inmediato la cabeza. Se trata de una señora acompañada de una chica joven.

—Buenas tardes, tengan ustedes, —respondemos casi al unísono mi amigo y yo.

—Nos van a disculpar la molesta, si son tan amables. —Habla la mujer del saludo— Somos Lucía, mi hija y Lola.

—Buenas tardes, señores, —saluda también la chica, es tan alta como la mamá lleva gafas y es muy guapa y continúa diciendo— mi mamá y yo leemos cada semana las charlas de sus reuniones, somos casi amigas, aunque ustedes no nos conozcan.

—Encantados de conoceros Lucía y Lola, nos agrada mucho que sigáis nuestros encuentros y nuestras charlas.

—¿Quieren sentarse con nosotros y compartir unos cafés y unas magdalenas? Sería muy agradable —es Ciri el que lanza la invitación.

La chica sonríe con unos tonos de reparo y timidez, se da un toque con la mano derecha en el borde de las gafas para ajustárselas y mira a la mamá sin responder, es ésta la que declina la invitación de Ciri.

—No, muchas gracias, quizás en otra ocasión, somos de Ciudad Real, hemos venido a Tomelloso a visitar a unos familiares y tenemos que volver pronto. 

—Me voy muy contenta por haberlos conocido en persona, muchas gracias —se despide la más joven.

No podemos por menos que levantarnos Ciri y yo para despedirlas con dos besos y la promesa de volver a vernos. Proseguimos con nuestra charla; agradezco sinceramente a mi amigo la aclaración que me dio la semana pasada sobre el asunto de kit de supervivencia. Ha salido en multitud de artículos periodísticos en todos los diarios digitales.

—Era evidente. Además, habrás visto cómo la gente ingeniosa ha sacado sus chistes al respecto, y se ha convertido la idea en el hazmerreír durante unos días  —completa el compañero—. Oye hablando de otra cosa…, ¿Tú vas los viernes de cuaresma a las iglesias aprovechando el besapiés?

—No, no voy nunca —respondo tajante al compañero.

—Muy convencido pareces por la respuesta. Aclárate un poco más, si es posible.

—Claro que es posible, porque me dan miedo los santos. A ver, los santos no, me aterrorizan las imágenes de los santos —respondo a Ciri concierta rapidez, para que no observe mi trauma. 

Por el modo de mirarme y cómo tira de la comisura de la boca preveo que quiere profundizar en  la causa, asaz rara, de la excusa dada; por si acaso, yo disimulo internándome en la labor de disfrute magdalenil.

—O sea, que tampoco visitas los museos donde se exhiban estatuas de personas, aunque esas tallas sean antiguas, —interroga Ciri con cierta inquina.

—Sí, los museos no entran en el campo del que estamos hablando. En ellos hay sabiduría, piezas de culturas, algunas ya extintas.  Son colecciones de auténticas obras de arte.

—Ya me parecía a mí que no eras tan cerril —añade mi amigo con una sonrisa, en la que muestra una incredulidad de algo insustancial, por lo que insiste—. Compañero, por favor no puedo creerme que seas así de pusilánime.

 —Lo mío debe ser un trauma psicológico, algún día visitaré a un psiquiatra para solucionarlo, pero como tampoco me resulta preocupante…, pues ahí lo llevo. 

—Pongamos una hipótesis —vuelve a incitar Ciri—, tú no entras solo en una iglesia, en un templo, en una capilla, ¿verdad? 

—Verdad, compañero. 

—¿Y si quieres rezar?

—Rezo en la calle —empieza a inquietarme este punteo continuo de Ciri, al final tendré que decirle la razón verdadera de mis miedos.

—A ver, en confianza, y sabiendo que no se va a enterar nadie de lo que me digas. Como si fuera en confesión, cuéntame el motivo de tu comportamiento.

—Me has vencido, cansino. Me dan miedo las imágenes de los santos, porque las visten con unos ropajes extravagantes, túnicas, capas, sayas, báculos, bastones… Y las manos en actitud como de llamarte o cogerte en un descuido.

Veo que Ciri lucha entre la sorpresa preocupada de  lo que le digo o la risotada por la infantilidad de lo que le cuento. Creo que no va a tardar en hacerse realidad esto segundo.

—Como tengo confianza contigo y sé que no vas a burlarte, te cuento más. Esto me sucede desde niño. Una tarde me llevó mi madre a la novena que estaban celebrando de no sé qué santo. En un momento el sacerdote oficiante se  puso a hablar. No paraba nunca... Empezaron a cerrárseme los ojos y, como  no había mucha audiencia, aproveché la soledad del banco para tumbarme. Y efectivamente, me pasó lo que estás pensando, me dormí. 

—Me lo creo. Y ¿qué pasó más?

—Pues soñé que las imágenes de los santos, vestidas con te he comentado antes, comenzaron a cobrar vida y bajarse de los nichos y los altares donde estaban colocadas. Venían hasta donde yo estaba y me hacían cosquillas. Otros querían llevarme con ellos a no sé dónde. Se añadía el problema de que yo no podía defenderme y huir, estaba como inmóvil y los músculos no me respondían.

—Debió ser un sueño horrible, —pretende consolarme Ciri— y además siendo niño.

—Lo comprometido fue que di un grito en el momento que todos fieles estaban en total silencio, por lo que resonó en toda la iglesia: «Socorro que me quieren raptar los santos, que me llevan en volandas». Te puedes hacer una idea de la que se armó esa tarde. Unos reían sin contención, porque era un muchacho. Otras se quejaban de la educación que me habían dado por gritar de ese modo. Mi madre me dio un abrazo y me cogió de la mano, recuerdo que solo me dijo: «Vámonos, hijo mío, que esto se ha terminado»

—Ahora sí te entiendo. Ese trauma de pequeño continúa en tu inconsciente; ya es hora de que lo superes —responde con cariño Ciri.

—No. Ya lo superé. Ahora es que no comparto ese estilo de religiosidad, compañero.


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