Hay
un momento —sutil, casi imperceptible— en el que una niña deja de hacer
preguntas en voz alta. No porque ya no las tenga, sino porque aprende,
sin que nadie se lo diga explícitamente,
cuáles merecen ser formuladas y cuáles es mejor guardar. La ciencia
comienza muchas veces así: con una pregunta. Y también, demasiadas
veces, con un silencio aprendido.
Cada
11 de febrero, el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia
nos invita a detenernos y a mirar. No tanto hacia atrás —donde ya
sabemos que hubo ausencias que no lo fueron
tanto como silencios impuestos—, sino hacia el presente que estamos
construyendo. Porque hoy, afortunadamente, ya no discutimos si las
mujeres pueden dedicarse a la ciencia. La pregunta es otra: ¿qué
condiciones ofrecemos para que puedan permanecer, crecer
y ser reconocidas en ella?
En
los últimos años se han dado pasos firmes. Las aulas se han llenado de
niñas curiosas, de jóvenes que no se sienten extrañas al interesarse por
la física, la tecnología, la biología
o las matemáticas. El sistema educativo ha hecho un esfuerzo sostenido
por abrir horizontes, por ofrecer referentes cercanos, por desmontar
estereotipos heredados… y ese trabajo, paciente y constante, empieza a
dar frutos. Pero la ciencia no es una carrera
corta ni un logro inmediato, es un camino largo, exigente, que se
construye con tiempo, con apoyo y con confianza.
Ahí
es donde todavía persisten las fragilidades. No siempre visibles, no
siempre medibles. La brecha ya no está solo en el acceso, sino en el
recorrido. En quién lidera proyectos, en quién
firma en primer lugar, en quién puede permitirse no abandonar cuando la
conciliación se vuelve cuesta arriba o cuando el reconocimiento tarda
más de lo razonable. Son barreras silenciosas, mucho más difíciles de
señalar, porque no se expresan en prohibiciones,
sino en inercias.
Hablar
hoy de la mujer y la niña en la ciencia no debería hacerse desde la
épica ni desde la excepcionalidad. La ciencia no avanza gracias a gestos
heroicos aislados, sino gracias a comunidades
que cooperan, que comparten conocimiento y que se enriquecen con
miradas diversas. Incorporar plenamente a las mujeres no es un gesto de
corrección política ni una concesión, es una condición necesaria para
una ciencia más completa, más rigurosa y más justa.
La
educación vuelve a ser aquí el eje central. No solo como punto de
partida, sino como hilo conductor que acompaña a lo largo de toda la
trayectoria. Educar en ciencia es también educar
en confianza, en autonomía y en la legitimidad de ocupar espacios. Y
eso no se logra únicamente con leyes o programas específicos, sino con
una cultura compartida que atraviese aulas, familias, instituciones y
medios de comunicación; una cultura que no subraye
constantemente la diferencia, pero que tampoco la ignore cuando aún
produce desigualdad.
Quizá
el verdadero objetivo de días como este sea, paradójicamente, dejar de
necesitarlos. Llegar a un tiempo en el que no haga falta recordar que el
talento no tiene género, porque sea
una evidencia cotidiana. Un tiempo en el que la pregunta no sea quién
investiga, sino qué se investiga y para qué. Un tiempo en el que ninguna
niña sienta que la ciencia es un territorio ajeno o provisional.
Mientras
tanto, conviene no bajar la guardia. La historia nos ha enseñado que
los avances que no se cuidan pueden retroceder con facilidad. Por eso es
importante seguir nombrando, visibilizando
y acompañando, pero también normalizando. La presencia de mujeres en la
ciencia no debería ser noticia, debería ser paisaje.
Tal
vez ese sea el horizonte al que aspiramos: una ciencia que no tenga que
pedir permiso, porque ya sea de todas las personas. Una ciencia en la
que las preguntas no se callen, sino que
encuentren espacio para crecer. Y una sociedad que entienda, por fin,
que apostar por la mujer y la niña en la ciencia no es mirar al pasado
con reproche, sino al futuro con responsabilidad.
Amador Pastor, consejero de Educación, Cultura y Deportes
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