“Realmente,
todos soñamos con ser dueños de nuestra propia existencia. Ahora bien, para ser
libres además hemos de ser responsables”.
Cada día soy más consciente de las desviaciones y de la
pérdida del sentido humanitario que sufrimos, con el consiguiente riesgo de
inhumanidades que nos sorprenden por cualquier esquina del planeta, en contextos
que relativizan lo auténtico, desatendiendo el vocablo o rechazándolo sin más.
En consecuencia, la pujanza más vital al servicio del desarrollo es un
humanismo en valores, o sea, integral e infalible. Pongámonos a prueba. No
hemos venido para dominar, sino para servir, sustentando el mundo de las relaciones
con el vínculo de lo fidedigno, que es como se hace camino en comunión y en
comunidad. No obstante, solemos activar la falsedad como lenguaje cotidiano,
sabiendo que es un modo de eclipsarnos y una manera de destronar de nosotros,
nuestros propios latidos.
Hay que alejarse, por consiguiente, de este tormento
absurdo que nos lleva a la ley de la selva; que no es otra, que la norma del
más fuerte. Convirtamos, pues, nuestros rastros en un rostro de amor verídico. Aquel
que cultiva la razón, dejándose cautivar por la docilidad, no debe temer jamás
a sus movimientos. Sin embargo, careceremos de bienestar social, sin confianza
entre análogos y sin pasión por lo cierto. La certeza, como la familiaridad, es
la mejor vía para el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de
las gentes y los pueblos. Repoblarse de entusiasmo por este níveo pulso y
poblarse de su estima, es querer el bien de todos y hacer hogar sin barreras,
pues únicamente la realidad, conjugada con la virtud, nos hará libres.
Realmente, todos soñamos con ser dueños de nuestra propia
existencia. Ahora bien, para ser francos conjuntamente hemos de ser
responsables. Se me ocurre pensar, en el compartir de los bienes y recursos,
que no se aseguran individualmente con el progreso técnico y con meras
relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor, que es lo que vence al
mal con el bien, convenciendo y abriendo la conciencia del ser humano a
relaciones recíprocas de autonomía y de compromiso. Ojalá viviéramos el deseo
armónico de lo genuino como lenguaje universal que trasciende fronteras
culturales y sociales, poniendo fin a todas las absurdas contiendas, que lo
único que originan es un gran sufrimiento humano, dejándonos sin palabras.
Sea como fuere, resulta penoso y cruel que no respetemos
vidas y que tampoco tengamos consideración con el punto de vista del derecho
internacional, que prohíbe los ataques dirigidos contra la población civil y
sus infraestructuras. Tenemos un afán destructor como jamás, hasta el extremo
que nos encaminamos hacia la negación y la supresión existencial, lo que aviva
que nadie respete a nadie y todo sea sanguinario. Esto significa que la
valoración moral y los horizontes a transitar, deben poseer una dimensión más
justa y efectiva. De lo contrario, incluso la paz corre el riesgo de ser
considerada como un negocio, fruto exclusivamente de los acuerdos entre los
gobiernos o de iniciativas tendentes a asegurar privilegios económicos.
Reencontrémonos, entonces. Lo importante radica en no
perderse, en volverse mar adentro uno mismo. Es, en nuestros interiores, donde
mora la bondad y también la verdad. Repito, por tanto, con la más vehemente
convicción que la evidencia siempre está ahí. Es cuestión de sentirla y
llamarla con la compasión que esto supone. La sinceridad permanecerá, todo lo
demás será deshecho antes de que cambie la pleamar de la cosecha. De ahí, lo
capital que es saber acogerse y recogerse, compartir y donarse con los brazos
abiertos, elevados hacia lo celeste, hacia esa vida anímica, que es lo que
realmente nos fraterniza, estimando al prójimo hasta volverlo próximo. Esto nos
requiere más desprendimiento que avaricia. La culpa no la tenemos más que los doloridos.
Purga toca; sin duda.
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Domingo, 5 de Abril del 2026
Domingo, 5 de Abril del 2026