Qué alegría disfrutar del calor moderado en la calle o en el casa.
En torno a los treinta y algunos grados es la temperatura que nos agrada a Ciri y a mí. En la tele la califican de veraniega, tórrida y de muy alto nivel la cifra de rayos uva.
Somos manchegos tomellosanos, como canta el himno, por lo que este calorcito nos reconforta y anima.
La cafetería mantiene fresco el ambiente y también se agradece, por qué nos vamos a engañar. La tertulia y los cafés se disfrutan más así.
—Tengo en casa una pareja de ocupas —comento a mi amigo tras la deglución de un pedazo de magdalena.
—Y será verdad…, —utiliza el compañero esta expresión tan nuestra que baila entre la afirmación y la interrogación; no quiere dudar del aserto, pero necesita confirmación.
—¡Totalmente cierto!
—¿Y cómo no me has dicho nada antes? Habrás llamado a la policía, ¿Incluso con la instalación del sistema de seguridad han entrado? No es posible.
—¿Ves, Ciri, como eres un “ajo prisas”? No es lo que tú estás rebinando en tu cabecita de chorlito —respondo con cariño y con una pizca de picante en la expresión.
—No te andes con juegos, compañero, con las actuales leyes te va a ser difícil echarlos de tu casa —asevera Ciri muy serio con el índice de su mano izquierda extendido.
—Lo sé, pero no quiero echarlos, me han caído simpáticos.
—¿Simpáticos? Unos ocupas en tu casa ¿te hacen gracia? ¿Cuántas botellas de tinto llevas encima?
Es para verlo. Le faltan manos gesticulando, las palabras se le embrollan, casi se atraganta con el bocado de magdalena que tiene en la boca. Todo su afán es convencerme de mi decisión tan disparatada. En su afán recuerda a mi familia.
—¿Tu mujer y tus hijos también piensan como tú respecto a la casa ocupada?
—Ciri, amigo del alma ¿Quién te ha dicho que tengo la casa ocupada?
—Ahora casi se le salen los ojos de las órbitas.
Me mira, aguanta la tensión, ensombrece la cara, achina los ojos; adivino su pensamiento, en verdad no piensa, ahora mismo solo tiene un revoltijo de ideas volando en su cerebro. Es como si se hubiera ausentado de la cafetería. Sube y baja los hombros, pisa su labio superior con el inferior y gira la cabeza de un lado a otro negando la afirmación, que la razón le impone en su mente.
Necesito sacarlo de la inquietud que invade a mi colega querido.
—¡Escucha, “alma en pena”! Te he dicho que tengo dos ocupas en mi casa, no que mi casa la hayan ocupado dos ocupas —a ver si repitiendo lentamente la afirmación y remachando las palabras se entera.
—¿No es lo mismo? ¡No sé a dónde quieres llegar, pero me estás poniendo una leche…
No puedo reírme ahora, sería un desaire bestial para mi colega cafetero. Tampoco os informo queridos lectoras y lectores de los gestos que van marcando los tres vecinos de siempre, oyendo lo que cocemos en nuestra mesa.
—¡Piensa, Ciri, piensa! Respira y tranquilízate. Llevamos dos reuniones en las que hemos hablado del cariño que mucha gente dispensa a los animales, incluso el último día y con Julián aquí presente descubríamos la belleza de la naturaleza y la necesidad absoluta de cuidarla y respetarla siempre.
—Sí. Recuerdo perfectamente. Además estoy muy de acuerdo y aunque no tengamos perros y gatos en casa, mi amor por la naturaleza es total.
—¿Sí? ¿Seguro? Pues cuando te digo que tengo dos ocupas en casa me refiero a que en el patio, que ya conoces, y has disfrutado de mis plantas y del fresquito en las noches de verano, hay una parra hermosísima y muy cuidada.
—Doy fe de todo lo que dices.
—Te completo la información: en esa parra hay una pareja de gorriones comunes, “passer domesticus”, como dirías tú, que han construido su nido en un ángulo entre dos ramas y tiene seis huevos. Siempre les tengo una bandejita con agua en el suelo y no les faltan migas de pan por si tienen hambre.
—En cuanto terminemos los cafés vamos raudos a verlos, me hace mucha ilusión —ordena ilusionado mi amigo,
Observo que los tres vecinos hacen gestos de que ellos también están interesados en la visita a la morada de los ocupas. Pero no va a ser posible. Les explico que es muy delicada la situación, posiblemente al ver tanta gente se asuste la ocupa-madre, ahora ya diremos la “madre-gorriona”. Corremos el riesgo de que abandone el nido y lo “aborrezca” como dicen los viejos, no volviendo más.
Les muestro dos fotos que hice con cuidado, una desde lejos con la gorriona empollando y otra del nido con los huevos, cuando había salido a comer. Qué ilusión les hace a todos.
El último sorbo a la copa de mistela le sirve a Ciri para decirme:
—Tú y yo no somos “mucha gente”, por lo tanto me vas permitir que yo sí vaya a verlos.
—Si me prometes que no te vas a acercar mucho, que no vas a hacer ruido, ni fotos…, ¡De acuerdo!
La expresión de alegría que pone ahora mi amigo me hace arrepentirme de la broma que le he gastado esta tarde.
Pone su mano en mi hombro, se despide de los tres vecinos y me dice:
—¡Vamos, que para mañana es tarde!
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Sábado, 30 de Mayo del 2026
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