La selección vuelve
a encontrarse con Bélgica en unos cuartos de final. Pero el verdadero rival no
es solo un equipo. Es la memoria de un país que pasó décadas dudando de sí
mismo y que hoy se pregunta cuánto de aquel complejo quedó definitivamente
atrás.
Volvemos a cruzarnos
con Bélgica en unos cuartos de final. Ya ocurrió una vez y entonces nos
eliminó. Ahora, en 2026, la historia vuelve a colocar a España ante el mismo
rival y, de algún modo, ante el mismo espejo.
En esa búsqueda de
sentido he acabado retrocediendo mucho más atrás, hasta el Mundial de 1986.
Allí aparecen muchas de las claves de la España deportiva de entonces: una
selección con talento, pero todavía prisionera de un complejo histórico.
Estábamos acostumbrados a caer en cuartos, a pensar que la mala suerte siempre
jugaba en nuestra contra y a asumir que los grandes títulos pertenecían a
otros. Parecía que competir ya era un éxito y que ganar era casi una excepción
imposible.
Pero aquella forma de
afrontar el deporte no era únicamente deportiva. Reflejaba también cómo se veía
España a sí misma.
Durante mucho tiempo,
los españoles vivimos con una sensación de inferioridad frente a los países del
norte de Europa. Ellos parecían más altos, más ricos, mejor organizados y mejor
preparados. Nosotros asumíamos que partíamos siempre con desventaja. Ese
complejo impregnaba muchas facetas de la vida, no solo el fútbol.
Algunas cosas han
cambiado. Otras, no tanto. Seguimos arrastrando déficits importantes. El
dominio del inglés continúa siendo una asignatura pendiente para buena parte de
la población; la productividad, la investigación o la atención a las personas
siguen situándonos por detrás de los países europeos que solemos tomar como
referencia. No conviene confundir los éxitos deportivos con la realidad
estructural del país.
El auténtico punto de
inflexión llegó en 2010. Aquel Mundial no fue únicamente un título; supuso una
transformación cultural. España dejó de competir esperando el error del rival
para hacerlo convencida de que podía imponerse a cualquiera. No cambió solo una
generación de futbolistas; cambió la manera en que un país entero empezó a
mirarse.
La selección que hoy
salta al campo representa también ese relevo generacional. Sus jugadores han
crecido en una España distinta. No conocieron el miedo a los cuartos de final
ni la sensación de que competir con los mejores era una excepción. Han recibido
una formación más exigente, se han desarrollado en un fútbol completamente
globalizado y juegan con la naturalidad de quien entiende que pertenecer a la
élite es una posibilidad real.
De alguna manera,
simbolizan también la España que aspira a construir el futuro: una España cuyos
jóvenes sean más abiertos al mundo, mejor preparados, más competitivos y más
seguros de sí mismos que las generaciones anteriores. No porque sean superiores,
sino porque han recibido un punto de partida mejor. Porque el mayor legado de
una generación no son sus títulos, sino ampliar el horizonte de posibilidades
de la siguiente.
Y ahora vuelve
Bélgica.
La pregunta ya no es
únicamente quién ganará el partido. La verdadera cuestión es si aquella
transformación fue algo pasajero o si realmente cambió nuestra mentalidad.
¿Seguimos siendo aquel país resignado a quedarse siempre en cuartos o somos un
país que compite con autoridad, independientemente del resultado?
No conviene caer en el
triunfalismo. Si España gana, no significará que haya resuelto sus problemas.
Si pierde, tampoco demostrará que seguimos siendo el país acomplejado de los
años ochenta. Un partido nunca puede sostener una conclusión tan ambiciosa.
Sin embargo, los
símbolos importan. Durante noventa minutos también se ponen a prueba las
convicciones de una sociedad.
Ya ocurrió antes con
el baloncesto. Antes de Pau Gasol, la NBA parecía un territorio reservado para
otros. Fernando Martín abrió una puerta; después llegó una generación que
demostró que aquel techo era, en realidad, mental. El éxito de unos pocos
terminó ampliando las posibilidades de muchos.
Paradójicamente,
España también tiene una extraordinaria facilidad para olvidar a quienes
protagonizan esos cambios. Entregamos la bandera a nuestros deportistas cuando
marchan a unos Juegos Olímpicos; celebramos sus medallas durante unos días y,
poco después, desaparecen del foco público. Los devolvemos al anonimato hasta
la siguiente gran cita, si es que vuelven a aparecer.
Quizá ese sea uno de
nuestros rasgos más característicos: una memoria selectiva. Recordamos el
éxito, pero olvidamos el camino que nos llevó hasta él. Celebramos el resultado
y descuidamos el esfuerzo, la constancia y las personas que hicieron posible el
cambio.
Al final, un país no
se define únicamente por sus victorias ni por sus derrotas. Se define por la
memoria que conserva de ellas. Las sociedades que recuerdan son capaces de
construir confianza sobre la experiencia; las que olvidan están condenadas a
empezar una y otra vez, como si cada generación tuviera que demostrar desde
cero que merece estar entre las mejores.
Quizá el mayor reto de
España no sea ganar otro Mundial, otra Eurocopa o sumar más medallas olímpicas.
Quizá el verdadero desafío sea aprender a conservar la memoria de aquello que
ya conquistó y comprender que la autoestima colectiva no nace de un título,
sino de la convicción de que fue posible alcanzarlo. Porque los trofeos llenan
las vitrinas, pero solo la memoria transforma a un país.
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