Durante décadas hemos
construido buena parte de nuestro modelo de protección social alrededor de una
idea que parecía sencilla y perfectamente asumible: una sanidad pública,
universal y sostenida fundamentalmente a través de las aportaciones de los
trabajadores, con una extensión de esa protección a sus familias. Era un modelo
concebido para una sociedad muy diferente de la actual, con estructuras
familiares distintas y con una realidad laboral en la que, además, era habitual
que la mujer no participara en el mercado de trabajo, aunque eso no
significara, ni mucho menos, que no trabajara. Trabajaba en casa, sostenía la
familia y realizaba una función económica y social que durante demasiado tiempo
no se contabilizó como trabajo. Aquel modelo respondía a una determinada
estructura social y podía funcionar razonablemente bien dentro de sus
coordenadas. El problema aparece cuando mantenemos intactos los principios de
funcionamiento de aquel sistema mientras la sociedad que tiene que sostenerlo
ha cambiado radicalmente. Seguimos utilizando el mismo lema —sanidad pública y
universal—, pero hablamos mucho menos de la otra parte de la ecuación: quién
aporta, cuánto aporta, quién utiliza los recursos y, sobre todo, cómo
garantizamos que el sistema pueda mantenerse en el tiempo.
El debate debería ser
mucho más serio que el enfrentamiento entre quienes defienden la sanidad
pública y quienes supuestamente quieren acabar con ella. Defender una sanidad
pública no obliga a negar que existen problemas de financiación, de sostenibilidad
y de utilización de los recursos. Del mismo modo, hablar de personas que
reciben servicios públicos sin haber realizado cotizaciones directas no
significa que todas ellas sean personas que no contribuyen económicamente a la
sociedad: existen impuestos indirectos, consumo y otras formas de aportación.
Pero tampoco podemos negar que existen situaciones en las que determinadas
personas utilizan servicios sanitarios, sociales o farmacéuticos sin que exista
una aportación directa equivalente al sistema mediante cotizaciones. Y hay una
realidad todavía más incómoda: la economía sumergida. Personas que trabajan sin
estar reguladas, empleos que no generan cotizaciones y actividades económicas
que no producen el retorno fiscal y contributivo que deberían producir. Aquí,
además, sería un error cargar toda la responsabilidad sobre quien trabaja en
esa situación. También existe una responsabilidad evidente de quien contrata,
de quien se beneficia de esa mano de obra y de quien encuentra en la
irregularidad una manera de reducir costes. El problema, por tanto, no es la
existencia de una sanidad pública y universal; el verdadero problema es cómo
hacemos compatible esa universalidad con un sistema sostenible, responsable y
capaz de distinguir entre solidaridad, necesidad, contribución y abuso.
Algo parecido sucede
cuando entramos en el terreno de las fronteras y de la defensa del territorio.
España tiene un marco constitucional y jurídico que determina las funciones de
las Fuerzas Armadas y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, y no podemos
convertir cualquier entrada irregular en una cuestión militar ni atribuir
automáticamente al Ejército una capacidad de actuación autónoma que el
ordenamiento no le concede. Pero precisamente por eso deberíamos ser capaces de
mantener un debate mucho más profundo sobre qué ocurre cuando una situación
deja de ser exclusivamente un problema migratorio, administrativo o de
seguridad y adquiere una dimensión relacionada con la integridad territorial o
la soberanía del Estado. La defensa del territorio nacional no es una cuestión
menor y tampoco puede resolverse únicamente mediante consignas. Hay que
determinar quién tiene que intervenir, en qué momento, bajo qué autoridad, con
qué medios y dentro de qué límites. Y, sobre todo, hay que establecer una
respuesta proporcional a la naturaleza real de la amenaza. Un Estado
democrático no puede responder a una situación extraordinaria saltándose la
legalidad, pero tampoco debería construir un marco jurídico tan rígido que
termine convirtiendo la legalidad en una excusa para la inacción.
En este punto aparece
inevitablemente la Constitución. La Constitución española nació después de una
dictadura y con una preocupación absolutamente legítima: impedir que el poder
pudiera volver a ejercerse sin controles democráticos. Aquella precaución era
necesaria. El problema es que toda Constitución nace en un momento histórico
concreto y trata de responder a los problemas y temores de ese momento. En 1978
no era posible prever todas las circunstancias políticas, económicas, sociales,
tecnológicas y geopolíticas que aparecerían casi cincuenta años después. Y
quizá una de nuestras dificultades actuales consista precisamente en que hemos
convertido determinadas cautelas necesarias en estructuras extraordinariamente
difíciles de modificar. Nos hemos acostumbrado a pensar que cambiar una ley,
reformar una norma o revisar una competencia es prácticamente una misión
imposible. Sin embargo, las leyes no son elementos naturales e inmutables: las
hacen las personas, las aprueban las instituciones y pueden modificarse cuando
existe voluntad política para hacerlo. Incluso las normas de mayor rango tienen
procedimientos de reforma. Lo que falta muchas veces no es la posibilidad
jurídica de cambiar las cosas, sino la capacidad política de ponerse de acuerdo
para cambiarlas.
Y ahí aparece uno de
los grandes problemas de nuestro sistema: el bloqueo. Tenemos parlamentos,
gobiernos, mayorías, minorías, mecanismos de control, tribunales, comunidades
autónomas, ayuntamientos y todo un entramado institucional destinado, en
teoría, a garantizar el equilibrio de poderes. Sin embargo, ese mismo entramado
puede convertirse en un laberinto cuando cada decisión queda condicionada por
alianzas parlamentarias, intereses territoriales, equilibrios partidistas o
intereses particulares. El resultado es que problemas que todo el mundo
reconoce terminan enquistados durante años. Todos sabemos que determinadas
leyes necesitan ser modificadas, que determinadas estructuras administrativas
se duplican, que determinadas políticas necesitan ser revisadas y que
determinadas cuestiones sociales generan una sensación de injusticia o
ineficacia. Pero entre unos y otros, entre equilibrios y contrapesos, entre
alianzas y vetos, el país termina bloqueado. Y mientras tanto, cada vez que
buscamos una explicación, aparece un nivel diferente de responsabilidad: si no
es la Constitución, es la Unión Europea; si no es Bruselas, son las directivas
comunitarias; si no son las directivas, son los compromisos de la OTAN; si no
son estos, aparecen las recomendaciones de la OCDE o cualquier otro organismo
internacional. Evidentemente, pertenecer a organizaciones internacionales
implica asumir compromisos. Pero una cosa es compartir soberanía y otra muy
distinta es transmitir permanentemente la sensación de que un país carece de
capacidad para decidir sobre su propio modelo político, económico o social. La
autonomía de decisión también forma parte de la identidad de un Estado.
A todo ello debemos
añadir el problema de la estructura territorial y administrativa que hemos
construido. España se ha convertido en una especie de reino de taifas
administrativo en el que proliferan organismos, direcciones generales,
departamentos, agencias, delegaciones y estructuras de gestión que, en
ocasiones, persiguen objetivos similares desde diferentes niveles
territoriales. La descentralización puede tener enormes ventajas y no tiene
sentido defender un Estado eficaz negando las ventajas de la proximidad
administrativa. El problema aparece cuando descentralizar significa duplicar,
cuando repartir competencias significa multiplicar procedimientos y cuando
crear una nueva estructura se convierte en la respuesta habitual ante cualquier
problema. Cada nueva administración necesita presupuesto, personal, órganos de
dirección, procedimientos, sistemas de control y estructuras propias. Y cuando
las competencias no están perfectamente delimitadas, aparece la situación más
peligrosa de todas: nadie sabe exactamente quién es responsable de qué. El
ciudadano se encuentra entonces ante una administración enorme, pero no
necesariamente ante una administración eficaz. Hay muchas puertas, muchos
responsables y muchos procedimientos, pero cuando llega el momento de resolver
un problema concreto, el balón vuelve a pasar de un despacho a otro.
La mejor manera de
explicar esta situación quizá sea recurrir al fútbol. Un equipo tiene once
jugadores porque necesita once posiciones, once responsabilidades y una
estructura que permita que el balón circule. En determinadas circunstancias
puede incluso ganar un partido con diez jugadores o con nueve. Lo que resulta
imposible es pretender jugar un partido colocando cuarenta jugadores alrededor
del balón. Sobre el papel podríamos justificar la presencia de cada uno: uno
controla, otro supervisa, otro coordina, otro fiscaliza, otro asesora, otro
autoriza, otro ejecuta y otro revisa al que ejecuta. Todos tienen una función y
todos pueden explicar por qué están ahí. Pero cuando hay cuarenta jugadores
alrededor del balón, el balón deja de circular. No hay espacios, no hay
claridad, no hay fluidez y resulta casi imposible saber quién tiene que tomar
la decisión. El juego se convierte en un centrocampismo extremo en el que todos
se pasan la pelota, pero nadie avanza. O, si queremos llevar todavía más lejos
la metáfora, acabamos jugando al balonmano: movemos el balón constantemente de
un lado a otro, de una administración a otra, de un organismo a otro, de una
competencia a otra, pero el balón nunca termina llegando a ninguna parte.
El problema, por
tanto, quizá no sea que nos falten recursos, instituciones o personas con
capacidad para actuar. Tal vez el problema sea que hemos colocado demasiadas
personas y demasiadas estructuras alrededor de cada problema. Hemos confundido
en demasiadas ocasiones la garantía con la acumulación de controles, la
descentralización con la duplicidad, la protección con la burocracia y el
equilibrio con la incapacidad para decidir. Y cada vez que aparece una
dificultad, nuestra primera reacción parece ser añadir otra capa: una nueva
comisión, un nuevo organismo, una nueva dirección, un nuevo protocolo, una
nueva norma. Rara vez nos preguntamos qué estructura podríamos eliminar, qué
competencia podríamos simplificar o qué procedimiento podríamos hacer desaparecer.
Porque eliminar estructuras significa también eliminar parcelas de poder, y eso
resulta mucho más difícil políticamente que crearlas.
No necesitamos
necesariamente menos Estado. Necesitamos un Estado capaz de funcionar.
Necesitamos una sanidad pública que pueda seguir siendo universal, pero cuya
sostenibilidad económica no sea un asunto secundario; necesitamos una política
migratoria que combine humanidad, legalidad, integración y responsabilidad;
necesitamos unas fronteras cuya gestión tenga claramente definidos sus
responsables y sus protocolos de actuación; necesitamos unas Fuerzas Armadas
sometidas al poder democrático, pero dentro de un marco que permita responder
con claridad a las amenazas que legalmente les corresponda afrontar;
necesitamos una Constitución que siga protegiendo los derechos y libertades
conquistados, pero también una cultura política capaz de reformar aquello que
haya dejado de funcionar; y necesitamos una administración en la que el
ciudadano pueda saber quién decide, quién ejecuta y quién responde cuando las
cosas no funcionan.
Porque el problema no
es tener muchos jugadores. El problema es no saber dónde tiene que colocarse
cada uno. Un equipo puede ser grande, complejo y perfectamente organizado, pero
si todos corren detrás del balón al mismo tiempo, el resultado será el caos. Un
país funciona de una manera muy parecida. La solidaridad necesita financiación;
la libertad necesita responsabilidad; la descentralización necesita
coordinación; la seguridad necesita autoridad sometida a la ley; y la
democracia necesita instituciones capaces no solo de debatir, sino también de
decidir y de asumir las consecuencias de sus decisiones.
Quizá el debate que
deberíamos abrir no sea el de cuánto Estado queremos, sino qué Estado queremos
y para qué queremos cada una de sus estructuras. Qué competencias deben
permanecer, cuáles deben redistribuirse y cuáles han dejado de tener sentido.
Qué servicios queremos garantizar y cómo vamos a financiarlos. Qué derechos
queremos preservar y qué obligaciones deben acompañarlos. Qué decisiones
corresponden al Estado, cuáles a las comunidades autónomas y cuáles a los
municipios. Y, sobre todo, quién debe responder cuando una decisión no
funciona.
Porque un país no
puede vivir permanentemente en un partido en el que todos están alrededor del
balón y nadie consigue chutar a portería. La eficacia de un sistema no se mide
por el número de personas que participan en él, ni por la cantidad de
organismos que somos capaces de crear, ni por el volumen de normas que somos
capaces de aprobar. Se mide por su capacidad para resolver los problemas de los
ciudadanos, proteger aquello que debe ser protegido y tomar decisiones cuando
hay que tomarlas.
Hemos construido un
campo lleno de jugadores. Ahora quizá haya llegado el momento de despejarlo,
devolver a cada uno su posición y conseguir que el balón vuelva a avanzar.
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Viernes, 18 de Septiembre del 2026
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