Mujeres de la provincia

Mujeres de la provincia: Vicenta Pilar Flores Ruiz, una niña de la guerra y su paso por Herencia

Ángel Martín-Fontecha | Miércoles, 7 de Octubre del 2026
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Vicenta Pilar Flores Ruiz es uno de esos miles de casos que la historia conoce como «los niños perdidos» o «niños robados» de la Guerra Civil y la posguerra. Niños a los que se les robó la infancia, tutelados por instituciones afectas al régimen franquista por tener «malos antecedentes» familiares. Al Estado le correspondía la patria potestad y, a través del Auxilio Social, tenía la facultad legal de cambiarles los apellidos, lo que hacía imposible que fueran reclamados por familiares. De ahí surgieron adopciones irregulares, ocultamiento de identidad e interrelaciones forzosas.

De sus primeros años, todo son interrogantes

Huérfana de madre —quizá una mujer llamada Remedios que habría muerto en el parto—, su posible padre fue Melecio Álvarez Garrido, capitán y comisario principal del Ejército republicano, fusilado el 24 de octubre de 1940 en Paterna (Valencia). Aunque se sabía dónde fue enterrado, los estudios de ADN realizados posteriormente a los restos de la fosa común de Paterna no corroboraron la relación biológica con los descendientes de Vicenta.

En su memoria infantil de Valencia aparecen dos domicilios: la calle Ramón y Cajal y la calle Doctor Sunsi, y la figura de Dolores Luzón, la mujer que la cuidaba durante las ausencias de Melecio.

Ella misma dudaba de su nombre. En el orfanato la bautizaron como Flores Ruiz, pero en sus vagos recuerdos infantiles también fue llamada Vicenta Álvarez o Pily Garrido.

El «tren de los niños perdidos»

Con apenas seis años, sin poder escapar del destino previsto por el sistema para ella, fue introducida en el llamado «tren de los niños perdidos», con destino a Madrid. Allí le fue suplantada la identidad.

En agosto de 1940 fue inscrita en el Registro Civil de Madrid con siete años y medio como niña expósita. Una falsedad administrativa: los expósitos eran niños abandonados por sus padres en inclusas. Vicenta no fue abandonada, era una huérfana que fue «aporijada», término del castellano antiguo similar a adoptar.

Su paso por Madrid fue una sucesión de rechazos que le hicieron sentirse, en palabras de las monjitas del colegio donde vivía, como «una niña mala que sólo daba problemas y que nadie quería».

Un primer intento de adopción fue junto a una pareja alemana afincada en la capital. Recuerda que la llevaron en un coche enorme y que la recibió un inmenso perro con ladridos retumbantes. Duró dos semanas.

En un segundo intento, dos ancianas viudas de generales, muy afectas al régimen. Por primera vez, dice, se esforzó por que la quisieran. Nunca recibió un abrazo. Cuando perdían algo por sus malas memorias, la culpaban a ella y la llamaban «ladronzuela». Otras dos semanas.

Un tercer intento supuso un breve rayo de luz en las tinieblas: un matrimonio dueño de una zapatería, «gente con posibles».

Con ellos pasó las fiestas navideñas, y fue la primera vez en mucho tiempo que su sonrisa afloró. Le regalaron muchos juguetes durante unos días muy felices que acabaron abruptamente. Escuchó que la pareja se marchaba de Madrid por una mala gestión y una suspensión de pagos. De nuevo sola.

Herencia, el lugar donde encontró a sus padres

Su cuarto destino cambió su rumbo para siempre. Un matrimonio de labriegos naturales de Herencia, Urbano Sánchez-Rabadán y Sagrario Martín-Fontecha, casados en Herencia el 10 de noviembre de 1921 y domiciliados en la calle Tercia número 1. Con el tiempo, estas personas fueron las únicas a las que Vicenta llamó padres.

En el padrón de Herencia aparece inscrita como Vicenta Sánchez Martín-Fontecha, con fecha de nacimiento el 12 de octubre de 1934, fecha seguramente ficticia elegida por ser la festividad de la Virgen del Pilar.

Con ellos conoció por fin la estabilidad y el cariño. Con esas alas, a los supuestos 14 años, sintió que podía buscar respuestas. Fue un acto de reafirmación vital, planeado en total secreto.

Durante meses, mientras segaba en la era, fue llenándose los bolsillos de puñados de trigo que al final del día vaciaba en un saco que escondía en su habitación. Hasta llenar una talega importante.

Una mañana, con el saco al hombro, abandonó la casa manchega. Anduvo más de trece kilómetros hasta la localidad próxima con estación de tren, el mismo camino que había hecho decenas de veces en el carro de su padre para ir al mercado. Esta vez lo hizo a pie, a hurtadillas, escondiéndose entre el polvo cuando se acercaba un carruaje.

En el pueblo de la estación, Alcázar de San Juan, ofreció su trigo a todos los hombres con los que se cruzó, hasta que el dueño de un comercio se lo compró. Con ese dinero pudo pagar el billete a Valencia.

Y así, el mismo ferrocarril que le sacó de su tierra la llevaba a ella. Consiguió llegar a su antiguo barrio, pero su antigua casa estaba vacía. Una vecina octogenaria la reconoció y la abrazó de forma impulsiva, rompiendo también a llorar. Esa mujer le dio cobijo y alimento durante tres días.

La búsqueda de su padre

Fue parca en detalles sobre su padre —cada vez que hablaba de él se acongojaba y cortaba la conversación de forma brusca—, pero le dio las piezas clave: la guerra, un general del Ejército republicano, el fusilamiento en el penal próximo.

Un puzle inconcluso, pero suficiente para lo que más necesitaba: el convencimiento personal de que no fue abandonada, que el amor de aquel hombre era real y perenne.

Una tarde se atrevió a acercarse al centro penitenciario, a unas manzanas de su barrio, para preguntar más. Aquella osadía acabó con su aventura. Una jovencita sola haciendo preguntas llamó la atención de los guardias, que comprobaron que sobre ella pesaba una orden de búsqueda interpuesta desde un pequeño pueblo manchego. La montaron de nuevo en el tren, en un viaje de vuelta desilusionante.

Y así volvió. Y aquí se entiende la magnitud de Urbano y Sagrario: no recibió ni un reproche. Solo caricias y arrumacos.

Desde ese regreso, la aceptación de su situación fue total y su cariño inmenso hacia el matrimonio que se desvivía por hacerla feliz.

De Barcelona a París

Tras alcanzar la mayoría de edad, Vicenta marchó a Barcelona, donde trabajó para una famosa artista de la época, «La Bella Dorita», para posteriormente asentarse en París.

Allí se casó con Alphonse Pujol, de origen catalán. El matrimonio regentó un restaurante en París. Pese a la distancia, las visitas a Herencia fueron constantes. Presentaron a sus hijos a Urbano y Sagrario y las fotografías de la época muestran la estrecha relación.

Como muestra de ese vínculo:

  • Una de sus hijas, Arlette Sagrario Pujol, nació en Herencia el 28 de diciembre de 1956 durante una de esas visitas. Su segundo nombre honra a su abuela adoptiva.

  • Décadas después, uno de los nietos de Armand, el hijo mayor, también nacería en España durante otra visita.

  • Ya viudo, Urbano visitó en varias ocasiones al matrimonio en París. Cuando se le detectó una afección cardíaca, Vicenta gestionó su ingreso en el mejor hospital de París. Urbano fue uno de los primeros europeos en recibir un marcapasos. Pudo vivir así más años junto a sus nietos en París y dio su último aliento en brazos de Vicenta.

  • Cuando fallecieron Sagrario y Urbano, su lápida en el cementerio de Herencia fue costeada por Vicenta.

Un vínculo que nunca se rompió

Vicenta y Alphonse, conscientes de la penuria económica de la España franquista, acogieron también en su restaurante de París a un matrimonio herenciano con su hijo pequeño para que pudieran trabajar y labrarse un futuro.

El matrimonio tuvo seis hijos: José Luis, Arlette Sagrario, Didier, Serge, Corinne Solange y Armand Marcel, que aún recuerdan el choque cultural que suponía pasar del París luminoso a un pequeño pueblo manchego en plena dictadura: los paseos en el carro tirado por mulas, ayudando a repartir las hogazas de pan de la familia de panaderos vecina de Urbano y Sagrario.

Vicenta tuvo 6 hijos, 14 nietos y 11 bisnietos, garantía de que su historia no caería en saco roto.

El 9 de marzo de 2024, el pueblo de Herencia la homenajeó a ella y a su lucha por completar el puzle de su vida.

Vicenta Pilar Flores Ruiz falleció en una Residencia de Mayores en Castellón, tras un largo proceso de Alzheimer, el 6 de septiembre de 2026.


Fuentes

Martín-Fontecha Guijarro, Á. S. (2024). Vicenta Pilar Flores Ruíz: «Una niña de la guerra y su paso por Herencia». Besana: Revista de Estudios e Investigación de la Casa Regional de Castilla-La Mancha en Madrid, (50), 30-40.

El Mundo: https://www.elmundo.es/cronica/2002/357/1029750367.html

Archivo Parroquial de la Inmaculada Concepción de Herencia.

Archivo fotográfico familiar.

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