Francisco García Pavón, mantenedor en el año 1965, escribía poco antes de subirse al estrado del certamen literario:
Creo que ya podíamos empezar a hablar de la “Feria de las Letras”. Quien hubiera sido capaz de decirle a nuestros abuelos: Aparicios, Quiraltes, Carranzas, Barnuevos, Ugenas, etcétera que la vieja feria de Tomelloso: de ganados, lozas, garrotes, guirlaches y aperos, se transformaría en la breve andadura de cuatro siglos y pico –pongamos cinco- en una Feria Literaria. Hubieran enloquecido.
A las mulas se las tragó el tractor, a las lozas el comercio local suficiente y los medios de comunicación; ya no se pega con garrotes, los guirlaches no son novedad y los aperos han quedado como piezas de museo. L a feria, por tanto, para tener una rezón de subsistir se apoya –cierto que como pretexto- en el angélico tronco de la poesía.
Nuestro acontecimiento social del año está constituido por una corte de damitas vestidas de blanco, discursos, poemas, la cena y el baile de la Fiesta de las Letras. El Tomelloso del pámpano y la hoz, del mancharaví sediento y la galera crepitante, se ha convertido por arte de los tiempos y luego de una tradición de quince años, en una corte provenzal cualquiera. Así se escribe la historia. Para nuestros sucesores. Tomelloso, su pueblo, al hilo del recuerdo de estas metamorfosis, resultará una ciudad que gozó ante todo de una gloriosa tradición literaria. La vieja feria se quedó en cueros haciendo equilibrios con la punta del pie sobre el delgado vértice de un acto académico y su consecuencia social.
Pero este año, para mí, la cosa tiene un contenido especial y personalísimo. Resulta que soy el mantenedor. Que yo siempre me mantuve entre cajas, a la hora de montar el tinglado, hogaño, por disposición de “la autoridad competente” tengo que estar tres cuartos de hora pisando las candilejas, vestido de novio, con una mano sobre el pecho y la otra aleteando hacia el público, y además…hablando. He aquí el problema. Yo siempre sé –o creo saber- lo que tengo que decir en todas partes, pero de verdad que no sé lo que decir en mi pueblo. Muchas emociones, recuerdos, responsabilidad, conocimiento del público, pesan en mi ánimo ante este trance.
Me siento como si tuviera que hablar seriamente, responsablemente a mis hijos. Entendedme: no es un problema de ideas, de retóricas, de retóricas, de saberes. Es un problema nada más y nada menos que de sentimientos. Es un problema abrumador…De verdad que no voy a mantener nada: me habréis de mantener vosotros con vuestro cariño, con vuestra comprensión y si es posible con vuestro agradecimiento por haber ayudado a tener en pie esta fiesta durante tantos años.
Antonio Gala, Mantenedor en el año 1971, hablaba de la Fiesta de las Letras poco antes de ejercer tal honor. Lo hacía con su prosa elegante, cultivada y delicada, en la que no faltan pinceladas de humor, para acabar ensalzando la esencia del certamen
“Hace algún tiempo dos señoras discutían sobre el origen racial de mis facciones. Las dos estaban de acuerdo en que el resultado era cordobés. “Un romano de Córdoba”, decía una. “Que disparate: un árabe de Córdoba”, la otra. Dirimió la discordia una intérprete de cantos sefardíes. “Es cierto que Antonio Gala tiene aire cordobés. De hebreo cordobé, naturalmente”.
Sin embargo, la semana pasada, en una cena, un pintor afirmó de manera tajante que mi aspecto era el de un manchego. Y concretó: “El de un manchego de Ciudad Real”.
Sea de quien quiera la razón, yo me propongo ahora subrayar esta última posibilidad. Pienso que es la que más le va a un Mantenedor de de la Fiesta de las Letras de Tomelloso. Aunque solo sea –y es mucho más- por motivos de buena educación.
En tiempos en que la inevitable y roma sociedad de consumo nos tiene acostumbrados al laboral aburrimiento de las letras: de las de cambio, por supuesto, en tiempos en que se conmemora a diario la epifanía de las letras: de las de cambio, por supuesto, y se vive permanentemente al pie de la letra: de la de cambio, por supuesto, en estos tiempos regocijarse con una FIESTA DE LAS LETRAS – de las otras, de las de antes de la guerra- me parece la mayor elegancia. Y me parece, enorgullecedor mantener, sin un cambio, las Letras verdaderas.
Sobre todo cuando, como en 1971, se da una delicada coincidencia: la de que esa fiesta cumpla sus veintiún años y celebre, por tanto, su mayoría de edad.
Yo, que no tengo demasiada, por sí suficiente mantendré en esta ocasión a la Fiesta y todos sus derechos legalmente adquiridos. Hasta ahora esa hermosa muchacha que era la FIESTA DE LAS LETRAS tuvo su voz. Desde ahora – y es preciso alegrarse-tendrá ya voz y voto. Enhorabuena.
Diez años después, en 1981, el mantenedor fue Félix Grande, que contaba:
“Por esta Fiesta de las Letras de Tomelloso han pasado algunos de los mejores poetas y narradores de la España actual. Al menos dos de ellos (Francisco García Pavón y Eladio Cabañero) son hijos de esta tierra, maestros y amigos míos. Por todo esto, estar hoy con vosotros, vecinos, en este día prestigioso y festivo, es para mí un honor que agradeceré como pueda; es también un temor (el temor de defraudar a los míos, mi gente, mis paisanos, a quienes jamás quisiera defraudar); y es sobre todo una alegría muy honda que no tiene palabras, una alegría que suena como una música, allá en el fondo de mi corazón.
Podría elogiar la historia de esta Fiesta: prefiero jurar que me conmueve. Podría enumerar, con justicia, el esplendor de su pasado: prefiero vaticinar lo memorable de su porvenir. Podría aseguraros, sin mentir, que la España literaria mira a esta Fiesta de nuestro pueblo con gratitud y admiración: prefiero suponer que nos está mirando, con atención y con ternura, don Miguel de Cervantes.
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